Alejo se quedó callado. Sus compañeros esperaban ansiosos su respuesta pero... Alejo se quedó callado. Las miradas se entrecruzaban entre sí tratando de ganarle tiempo al silencio que poco a poco iba apoderándose del espacio, ocupando milimétricamente cada lugar del salón. Ese silencio, dueño de lo oculto, que tantas cosas dice. El murmullo callejero había desaparecido por completo, el griterío del la galería que hasta entonces había sido producto de la jaqueca de la Señora Ortiz disminuyó a tal punto que parecía una brisa primaveral a la hora de la siesta. Sólo se escuchaba el tic tac tac tic del palito de chupetín que agonizaba entre los dientes de la irónica sonrisa del colorado Fernández. Tic tac tac tic, tic tac tac tic era el protagonista de la eterna espera. Alejo no emitía sonido alguno, hasta se hacía imperceptible su respiración. Observaba a cada uno de los presentes y se confundía cada vez más. Miradas amenazantes, alentadoras, cómplices, vacías, e incomprensibles, lo salpicaban de indecisión. Tic tac tac tic, tic tac tac tic.... Bajó la vista al chocar su mirada con Agustina, su pequeño gran amor. Ella le dio la espalda como si no quisiera escuchar lo que todos estaban esperando. Fue hasta la ventana, y clavó su mirada en la nada que el viento sulele llevar de aquí para allá. Alejo pensaba en su madre.
Una araña, en ese inalcanzable rincón del salón, paraliza el zumbido de un pequeño y desventurado insecto volador atrapado entre sus telas, dándo lugar a que el silencio siga avanzando sin que nada pudiera detenerlo. Pablo lo sabía, Pablo había estado con Alejo, pero su palabra no tenía validez ante los demás, su palabra siempre fue muy poco creíble. Sus interminables chistes desacreditaban cualquier acotación por más certera que fuese. Alejo tenía un secreto. A Alejo le convenía que se sepa, y a la vez le convenía que nadie lo sepa. Era un secreto que debía conservar, pero no podía, porque había quienes tenían que saberlo. Una desorientada pregunta que cayó en mal momento, y peor aún en el lugar menos indicado. Tic tac tac tic, tic tac tac tic.
El ruido del picaporte, y el abrir de la puerta que da a la galería hizo que el rostro de Alejo recupere algo de su color natural. Pero ese desubicado "¡uy perdón!" Volvió la situación nuevamente a cero ni bien la puerta se cerró por completo. Alejo miró a Agustina, Agustina miró a Alejo, y otra vez la nada se llevó a esos hermosos ojos que lentamente comenzaron a humedecerse. Alejo pensaba en su madre. Tic tac tac tic, tic tac tac tic. Los ojos de Alejo, despidieron hacia el exterior una lágrima que no tardó en explotar sobre su mejilla. Alejo pensaba en su madre, Alejo pensaba en Agustina. Y antes de que alguien puediera reaccionar salió corriendo a gran velocidad, atravesó la puerta, bajó las escaleras, y ganó la calle en pocos segundos. No paró hasta sentirse seguro de que estaría sólo y a la deriva. Se sintió libre, pero sólo por un instante, sabía que esa no era la forma de escapar, sabía que escapar no era la manera correcta de encontrar la salida, la salida estaba lejos de su alcance, demasiado lejos. Alejo pensaba en su madre, y pensaba en Agustina. Alejo tenía que enfrentarse a su verdad de una vez por todas, una de las cosas más difíciles que nos toca vivir a todos los seres humanos. Pero esta vez Alejo decidió escapar.
Alejo fue el fiel reflejo de la estupidez humana que todos tenemos de no querer aceptar lo somos, de no saber afrontar lo que queremos ser. Quizá el mundo sería otro si cada nos hiciéramos cargo de nuestras acciones y de nuestras palabras. Quizá si dejáramos de pensar en los moldes y ataduras de esta sociedad cobarde la vida sería mucho más linda de lo que es.
Alejo se quedó callado, como cada uno de nosotros que nos dejamos vencer por el entorno y no nos permitimos mostrarnos tal cual somos.
Alejo se quedó callado, pero sabe que no podrá evitar tener que enfrentarse a su realidad, a su verdad. Para poder encontrarse consigo mismo y andar su propio camino. Este tan difícil pero hermoso camino de la vida.
sábado, 12 de septiembre de 2009
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