viernes, 11 de septiembre de 2009

La puerta nueva.


Marquitos todavía no estaba en edad de entender nada. Por lo menos así solía decir su tía Ivana una incurable solterona de cuarentitantos resignada por sus largos años de soledad, una solterona con un enorme corazón de piedra. Pero Marquitos sí entendía, a su manera pero entendía. No hace falta tener edad para eso. Todas las mañanas Marquitos y su incomprensible mirada se paraban frente a la puerta de aluminio que daba entrada a la casa, frente a la puerta nueva, que su papá había puesto hace varios meses atrás. Sus vidrios relucientes de un color lacre, dejaban entrar con mayor intensidad la claridad de la primera luz del día. Ésta tenía más vidrios que la otra, hacía menos ruido que la otra, y no dejaba que pase por ningún lado ni el agua de la lluvia, ni la tierra que venía de la calle como la otra. En cambio la puerta anterior, con sus oxidados y antiguos orificios, le daba paso a cualquier cosa que venía de afuera. Incluso la parte de abajo, que tenía su chapa corroída por los años, le permitía a Marquitos que su único autito de juguete salga hasta el patio sin necesidad de abrirla. La puerta nueva no dejaba pasar absolutamente nada, ya que traía una goma en la parte inferior que no permitía nisiquiera el ingreso del viento. Esa era la puerta nueva, la puerta que Marquitos miraba todas las mañanas.
Ernesto su papá, el hermano de la solterona, trabajaba más de lo normal para poder mantener su humilde casita en ese barrio un poco alejado de todo. Ladrillo por ladrillo la humilde casita de Ernesto iba creciendo de a poco para comodidad de su familia. Ahora tenía una puerta nueva que le cambiaba un poco la cara, una puerta que la hacía un poco más vistosa, y según su tía Ivana, la hacía menos pobre.
Belén, César, Carmencita y Carlitos iban todos a la misma escuela, de la mañana temprano hasta las cinco de la tarde. El comedor escolar ayudaba mucho a la ajustada economía del hogar. Eran muchos en la humilde casita con una puerta nueva, y en ese barrio un poco alejado de todo. La tía solterona vivía con ellos desde hacía cuatro meses. A la pobre la habían dejado en la calle. La fábrica de cierres para polleras tuvo que cerrar sus puertas definitivamente. Paradógicamente era una fábrica de cierres. La ciudad era chica y no tenía mucho para ofrecerle a su gente, sobretodo en un país dónde nunca se sabe hacia dónde va.
Marquitos sólo se paraba todas las mañanas delante de la puerta nueva. La tía solterona no se explicaba por qué esa criatura de apenas un par de añitos dejaba de lado los pocos juguetes que había heredado, para clavar sus ojos en ese callado y frío rectángulo metálico. ¡Este chico cuando sea grande se va a poner una fábrica de cerramientos de aluminio! - Decía, - ¡Se la pasaría horas mirándola si no fuera que yo me lo llevo para la cocina! -
A Ernesto no le daba ni el cuerpo, ni la mente, ni el alma, ni nada como para prestarle atención a lo que su hermana le contaba cada día sobre su hijito menor y la radiante puerta de entrada. Ernesto tenía otras cosas mucho más preocupantes en su cabeza que un niño mirando a una abertura. Pero solo dejaba que sus palabras llenaran ese gran vacío a la hora de la cena, cuando ya casi todos estaban durmiendo. La tía solterona no daba descanso a sus cuerdas vocales ni cuando dormía. Marquitos era el único que llegaba con fuerzas para darle un beso a Ernesto, su papá, cuando llegaba del trabajo. De los cinco hermanos él era el único que podía dormir la siesta, y ni bien terminaba de cenar se quedaba dormido en los brazos de su padre, y Ernesto se quedaba dormido abrazando a su hijito. La tía solterona se encargaba de llevarlos a ambos a la cama.
El nuevo día no tardaba demasiado en venir y Marquitos, con su incomprensible mirada se paraba nuevamente y como todos los días frente a la puerta nueva. La tía solterona por más edad que tuviese jamás podría llegar a entender lo que a Marquitos le sucedía. Pero Marquitos sí lo entendía. A Marquitos le gustaba más la otra puerta, por más oxidada, roñosa, y descuageringada que estaba. Su mamá entraba y salía por ella cuando quería y como quería, pero la puerta nueva era la culpable. Su mamá salió de casa al día siguiente de que su papá la había colocado, y sin hacer ningún ruido. La otra en cambio, crujía en cada abrir y cerrar. Y esa vez, Marquitos no escuchó a su mamá cuando se fue. Su mamá jamás volvió a entrar, y la tía solterona decía que Marquitos no tenía edad para entenderlo. Le decían que su mamá se había ido al cielo para ayudar a diosito con los quehaceres de las estrellas. Marquitos entendía todo a la perfección. Su mamá se había ido por la puerta nueva. A él no le importaba adonde ni para qué se fue, solo le importaba que su mamá había salido por la puerta nueva y nunca más volvió a entrar.
Marquitos todas las mañanas miraba la puerta nueva y le pedía incesablemente que dejara entrar a su mamá, pero no recibía ninguna respuesta. Sabía que si la puerta nueva no cumplía con su pedido, él algún día saldría a buscarla, en lo de diosito, en las estrellas, en donde fuera. Marquitos todavía no tenía edad para hacerlo, ni el valor suficiente para atravesarla. Tenía miedo de no poder volver a entrar igual que su mamá, tenía miedo de dejar a su papá cenando sólo con la tía solterona... ¡Y su papá era muy bueno como para que le ocurra eso! Pero él sabía muy bien que algún día iba a tener que hacerlo, como sus hermanos, como su papá, y hasta como su tía solterona que sale por ahí como si nada para tender la ropa.
Marquitos todavía no está en edad de muchas cosas, pero sí entiende. Marquitos algún día tendrá el coraje de enfrentarse con ella, algún día va a atravesar esa puerta... Marquitos va a atravesar la puerta nueva.

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