- ¿Qué? ¿Comida recalentada yo? ¡No la como ni en estado de ebriedad!- Qué cerca y qué lejos estoy de todo eso. Y aunque ahora me cueste creerlo ese era yo, una persona incapaz de probar un plato que tenía más de cinco horas de preparado. Y ahora desde la distancia creo que es una pena no haber descubierto todo esto mucho antes.
Yo era uno de esos tipos que exigían todo en el momento y sin importarme como, creo que era una herencia de familia. En casa del tío Anselmo, todo lo que quedaba de la cena o del almuerzo se tiraba, sin pensar, se tiraba. Ni siquiera le preguntábamos a la servidumbre si alguno de ellos deseaba llevárselo a su casa. Y para colmo era más lo que iba a parar a la basura que lo que se comía. Recién ahora entiendo porqué Amanda ponía esa cara de tristeza a la hora de lavar los platos, era ella la encargada de vaciar las bandejas en los tachos, ella tenía tres hijitos. Varias veces la escuché murmurar con otros empleados sobre lo que ella podría hacer con todo eso. Pero no podía dejar de obedecer las órdenes de mi tío Anselmo. Siempre solía nombrar a los niños de una escuelita muy cerca de su casa que pasaban mucha hambre. Algo que personalmente hasta el día de hoy no había experimentado, y agradezco a dios la posibilidad que me dio de ver las cosas desde este otro lado.
Pero Amanda nada podía decir ni hacer al respecto, ella debía cuidar como oro su trabajo, porque era el único sustento que tenía. Según tío Anselmo, a la servidumbre sólo se le da órdenes, y me lo decía como si eso fuera para mí una lección de vida. ¡Pobre tío! Seguramente a él también se lo habían enseñado y jamás pudo aprender o experimentar nada diferente, más que mantener viva la soberbia familiar. Mi padre, según lo que me han contado era peor. Pero no puedo decir mucho de él ya que no conozco siquiera su cara. En mi familia a nadie se le ocurre mencionarlo, todos tratan de evitar decir su nombre. Ni mi madre siquiera quiso contarme jamás los motivos de su muerte. ¡Qué familia me ha tocado mi dios! Mamá sólo piensa en su maldito cabello y cuenta a diario todas sus nuevas arrugas, lo que la hace poner de muy mal humor. No creo que aún se haya dado cuenta que ya hace dos meses que me fui de casa. No sé si alguno de mi familia se habrá enterado dónde estoy en este momento. Pensarán que me fui a Europa o a alguna playa del caribe lado, no lo sé. Es una lástima que se estén perdiendo tantas cosas hermosas de esta vida en lugar de estar preocupándose por esas estupideces, y que no sepan disfrutar de esas pequeñas cosas que no se pueden comprar. Estoy muy seguro de que cuando vuelva muchas cosas van a cambiar, para bien o para mal, pero van a cambiar. Y personalmente voy a ocuparme de eso.
Yo tampoco sé exactamente qué estoy haciendo acá, quise escaparme de una relación amorosa que en mi familia me estaban imponiendo, y sin pensar en nada decidí venir. Mamá decía que casarme con esa piba iba a ser conveniente para todos, pero creo que se estaba olvidando de un pequeño detalle, de mí. Muchos me dicen acá que estoy loco por lo que hice pero estoy acostumbrado a hacer lo que quiera sin preguntar demasiado. Todo lo que hice en mi vida fue igual, todo lo arreglaba con un poco de plata. Y digo poco, porque todo siempre valía nada. Yo pensé como mi familia: “Voy, si no me gusta me vuelvo y listo" ¡Qué ignorancia la mía por dios! Con lo poco que he aprendido de esta vida no me culpo, y creo que nunca nadie iba a poder enseñarme lo que llevo aprendido acá en tan poco tiempo, y menos en los lugares donde supuestamente debo ir a aprender, en los mejores, en los más caros. Igualmente como solía decir mi pobre tío Anselmo: “Se supone que alguien de clase no necesita que le enseñen nada, ya venimos con todo sabido de la cuna, y si no "¿Cuanto vale? ¡Dame dos!" Acá es diferente, acá la guita no te sirve, o sí, pero en realidad es algo que preferí no mencionar. Si hubiese sabido esto de entrada seguro no venía, no creo que me hubiese animado a hacerlo. Pero de todas formas me siento muy bien por haberlo hecho. Quizá no de la misma manera que se sienten muchos de mis compañeros. La mayoría de ellos lo hacen por una causa que a mí realmente me parece una estupidez. Pero ellos están bien, y yo también lo estoy por haber descubierto la belleza de la vida justamente en esas pequeñas cosas que pasan desapercibida ante tanta gente.
Todo empezó para mí como un juego. A dos meses de haber cumplido mi mayoría de edad, quise decidir por mí mismo sin preguntar ni pedir permiso a nadie. Y me embarqué rumbo a lo desconocido, a la gran aventura de mi vida. Me aceptaron sin hacerme demasiadas preguntas. De a poco me fui dando cuenta que ni mi apellido, ni mi clase, ni nada de lo que traía conmigo me servirían. Debo reconocer que no utilicé mi doble apellido, sino sólo el primero para poder pasar desapercibido. Y una vez acá ya no pude elegir, acá lo que te toca te toca y no hay otra. Recuerdo que en la primera noche me dijeron que tenía que compartir la carpa con López. Era obvio que no me iban a dar una para mí sólo, ni siquiera tenía el derecho de elegirla. Y ahí vino López, un verdadero cabecita negra, un nacido para ser esclavo, según mi tío Anselmo. El negro López, venía de un pueblito de Córdoba, era un tipazo con todas las letras. Nunca me imaginé que existía gente así. Él enseguida se dio cuenta que yo no tenía ni la menor idea de lo que significaba estar en este lugar. Tampoco entendió el porqué de mi decisión, siendo que no tenía ni la necesidad ni la obligación de estar acá. Muchos de mis compañeros, mejor dicho, la mayoría de ellos eran del interior del país, provenían de pueblitos y ciudades humildes, de clase baja, muy baja. La mayoría tez oscura, pero de alma blanca. Todos tenían historias divertidas para contar, todos reían y lloraban con facilidad, todos extrañaban a su gente y se imaginaban día tras día su regreso a casa, cada uno de ellos pensaba en su mamá, en la vieja, a cada uno de ellos se le humedecían los ojos de sólo nombrarla. A todos, menos a mí.
Era un grupo de gente rara, muy rara. Nos habíamos conocido todos ahí, en la misma situación. Las conversaciones eran distintas a las que yo estaba acostumbrado. Nadie se miraba de los hombros para abajo, todos se miraban a los ojos. Creo no haber escuchado en ningún momento una de las frases más comunes que recuerdo del colegio y de las reuniones sociales a las cuales solía concurrir: “Yo lo tengo, ¿vos no?” La familia siempre estaba delante de todo, el valor humano era lo que más les importaba, se compartía todo, y con todos. Me apodaron el mudo, cariñosamente claro. Yo tenía muy poco para contar. Hasta me daba de vergüenza saber de dónde venía. ¿Qué les iba a decir? Que mi mamá nunca me hizo una torta para mi cumpleaños, que papá nunca me llevó a jugar a la plaza cuando yo era chico, qué mi tío se hace lustrar los zapatos en cualquier lugar de la casa por el simple hecho de tener a alguien arrodillado a sus pies. Era imposible abrir la boca. El único que conoció mi historia y que nunca la dio a conocer ante los demás fue el negro López en una de las tantas charlas que tuvimos. Él me ayudó en todo, y me enseño la igualdad de condiciones en la que nos encontrábamos en ese lugar. Hasta me dio su porción de pan, para poder pasar mejor lo que aquí llaman comida. Me dio absolutamente todo, a cambio de nada. Una de las pocas noches en las que pudimos beber un poco de ginebra a mí se me escapó decir que estaba rodeado de hijos de buena madre, y todos se rieron a carcajadas de mi inocencia, porque no me atrevía siquiera a decir que todos los de mi familia eran unos reverendos hijos de puta. Y el negro López estuvo conmigo y me abrazó como nadie cuando a solas comencé a llorar de la impotencia que me generaba reconocer lo que sentía de mi madre, de mi tío, de casi todo mi entorno.
No sé que día es hoy, pero por suerte salió el sol. Hace varios días que nuestros pies están mojados, el frío ya ni se siente, porque ya no se siente el cuerpo. Pienso en un plato de comida, pero no recalentada. Fría, de hace varios días, cruda, o como sea. Creo que hasta me comería la porción del perro y en el tacho del perro. Muero por algo dulce, muero por algo con un poco de gusto. ¡Sabes como atacaría la basura antes de que Amanda la tire! La verdad es que tengo ganas de volver, pero eso ya no depende de mí. Acá un día te dicen que falta poco, al otro día no te dicen nada, pero con sus caras te das cuenta de que la cosa está cada vez peor y que nadie sabe cómo salir de ésta. Con el negro López tenemos pensado poner algún negocio juntos después que pase todo esto. El se quiere ir a vivir a la ciudad, quiere progresar para ayudar a su familia, él siempre soñó con eso. Y yo quiero empezar a trabajar así que creo que vamos a poder hacer algo juntos, eso creo, y eso espero. Hace dos días que no lo veo al negro, y lo extraño mucho. ¡Qué linda y extraña sensación que es esta para mí, nunca la había experimentado! Al negro lo mandaron al frente, y tengo mucho miedo. Tiene dos hermanitos más chiquitos, Juancito y Daniel, y dicen que están orgullosos de él. El otro día me leyó la carta que le escribieron y lloré mucho, lloramos juntos. Amanda estaría orgullosa de mí, ella sí, ella sería la única que lloraría por mí. Es más, en este momento ella debe ser la única que debe estar preocupada por mí, tratando de saber adónde estoy.
Hoy nos ordenaron que nos quedáramos quietos y bien atrincherados hasta recibir nuevas órdenes. Todo esto es muy confuso, y para nada agradable. El loco Soria, ayer perdió las dos piernas, y eso no se compra no hay dinero en el mundo que le devuelva al loco sus piernas. Hay muchos que ya no los volví a ver, no sé si los cambiaron de lugar o qué pasó con ellos, acá nadie sabe nada, y tampoco hay tiempo para averiguarlo. ¡Cuidáte negro que vos sabes como hacerlo! Le dije antes de que se vaya. No sé cuanto tiempo más vamos a estar acá, lo único que sé es que están cada vez más cerca. Ayer vi morir a uno de ellos, y tenía la misma mirada de incomprensión que la nuestra. A mí tío Anselmo lo escuché decir que eran una raza superior, que eran su misma sangre. ¡Soberbio repugnante! Tenía mi misma edad, y miró al cielo con los ojos llenos de lágrimas antes de desvanecerse por completo en el suelo, quizá pensó en su familia, o quizá igual que yo, se preguntaría si valía la pena morir por un pedacito insignificante de tierra. El bombardeo ahora es constante, y seguimos sin recibir orden alguna. Una tormenta de misiles cae sobre nosotros, y yo sólo tengo un cuchillo y un par de balas en mi arma que de casualidad sé cómo se usa. De todas maneras estoy bien y creo qu
Este documento fue encontrado en el campo de batalla por el soldado Juan López después de la rendición de nuestro ejército en Malvinas. El negro López al regresar a casa, abrazó a su madre y lloró más que nunca. Sus hermanos estaban orgullosos de él.
Gonzalo Ruiz Aguilera aún sigue siendo una incógnita. No fue hallado ni su cuerpo ni ninguna de sus pertenencias. Sólo este pedazo de papel que a pesar de todo estaba intacto, ni siquiera estaba manchado con barro o con sangre.
Ya han pasado muchos años, y el negro López conserva el original en un marco de vidrio, colgado en el local de una pizzería de la Avenida Congreso al cinco mil y pico en Capital Federal, dónde vive con toda su familia.
El señor Anselmo Ruiz Aguilera jamás miró a los ojos cuando intentó comprarle al negro López el relato que su sobrino había escrito.
Amanda fue la única que leyó esa carta y también lloró abrazada al negro López. Cada tanto suele pasar por la pizzería de la calle Congreso para charlar con Juan. Y el negro, cada tanto suele mandar pizzas para los chicos de la humilde escuelita en el barrio de Amanda.
La madre de Gonzalo aún hoy sigue preocupada por su cabello y por sus arrugas que cada vez son más notorias.
Tío Anselmo sufre un cáncer terminal en los pulmones debido al exceso de cigarrillos rubios. Y ni su dinero ni su soberbia podrán curarlo.
lunes, 14 de septiembre de 2009
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