martes, 22 de septiembre de 2009

Destinos marcados

Nelson Rivas salió de su casa a la mañana bien temprano, a la misma hora de siempre, pero no de la misma manera que lo hacía siempre. Ese día estaba extremadamente feliz.
Inconscientemente comenzó a despedirse de las personas que amaba, con cada uno a su manera y en forma espontánea. Primero lo hizo con su madre, con doña Rocío Ruedas, una Jujeña de cincuenta y dos años, de muy pocas palabras y de una sonrisa poco marcada en su rostro debido su rústica vida. Ella se sorprendió al ver a Nelson tan feliz ese día. Él la abrazó fuerte y le dio un interminable y efusivo beso en su arrugada mejilla.
Mate cocido, pan con manteca y un poco de azúcar, acompañaban el desayuno de esa fría mañana. Con la segunda persona que se despidió fue con don Roberto Fiore, su padrastro, una persona con cincuenta y ocho años de sacrificio sobre sus espaldas, quien en silencio sólo tomaba mate amargo. Para Nelson la palabra “padrastro” era sólo para ponerle un título a esa hermosa relación que tenían. Ya que para ambos sentían lo mismo, ellos se sentían padre e hijo desde el primer momento. Nelson tuvo ganas de abrazarlo, besarlo y de decirle que lo amaba. Pero para el tano eso siempre fue cosa de maricas. Nelson abrevió todo su afecto con una palmada en el hombro derecho de su padre, expresando un eufórico- "¡Grande viejo!". El tano lo miró sin decir palabra alguna, y miró a su mujer con cara de asombro, sin llegar a comprender el porqué de tanta alegría en Nelson.
Marisa y Martín, sus hermanos menores aún dormían. Nelson los despertó de golpe sacándole a ambos las frazadas de sus camas, dejando sus cuerpos a merced del terrible frío de esa mañana del mes de julio. Nelson reía a carcajadas mientras Marisa y Martín lo atacaban utilizando el refinado vocabulario adolescente. Nelson les dijo en tono de broma pero con toda la intención de cuidarlos como siempre: - Cuídense mucho, hace frío - Luego les apagó la luz. Abrazó nuevamente a Rocío, su madre, y se despidió con otro gran beso. Cruzaron solo algunas palabras. - Abrochate el cuello – Le dijo ella acomodándole la bufanda y él sonriendo contestó con mucha seguridad - No me esperes al mediodía, no voy a volver... No vuelvo- Y salió con su mochila al hombro cantando una de sus canciones preferidas.
Hoy para Nelson no iba a ser un día de colegio como cualquier otro, hoy iba a ser un día especial; Nelson se iba a hacer la rata o la rabona como quieran referirse al faltaso a clases que todos hemos experimentado alguna vez. Nelson había diseñado cuidadosamente un itinerario completo para no aburrirse en ese tan largo día que tenía por delante. Había programado todo lo que iba a hacer desde las ocho menos cuarto de la mañana hasta las cinco y media de la tarde. La primera parada la hizo en el kiosco de Don Ramiro a quien le pidió un paquete de veinte. Don Ramiro, un eterno enemigo del tabaco, y quien había visto crecer a Nelson le dijo no muy contento: - Pibe, no te apures sos joven, te falta mucho. Esa porquería te va a matar. Vos sos un guacho, te tenés que cuidar- Nelson con su característica sonrisa respondió - ¿Quién sabe? En este mundo nadie tiene la vida comprada. Usted también cuídese. Hoy en día por dos pesos con cincuenta te cagan a tiros- Don Ramiro asintió con la cabeza mostrando cierta preocupación por la inseguridad con la que se está viviendo en este incorregible mundo. Nelson aprovechó la distracción de don Ramiro y le robó tres chocolates. Luego caminó con decisión prendiéndose un cigarrillo. Las primeras cuadras las hizo como todos los días, como si realmente iría hacia el colegio. Se quedó cinco minutos más de lo acostumbrado en la estación de tren para poder mirar esas piernas prohibidas que hoy iban cubiertas con un jean negro. Las siguió con la mirada desde atrás hasta que se perdieron entre la gente. Suspiró y esperó a que el tren desapareciera por completo. Bordeó la estación hasta la plaza y se sentó en un banco decorado artesanalmente por las palomas que esperan ansiosas las miguitas de galletitas y alfajores que los niños dejan caer sin darse cuenta al piso. Fumó otro cigarrillo observando la majestuosidad de los árboles. Caminó siete cuadras en dirección al río, y sentía a cada paso como el frío iba en aumento a pesar de que el sol ya estaba presente.
En dirección contraria a la de Nelson y por la misma vereda venía caminando Ignacio Galván un joven con sus dieciocho años recién cumplido, con el cabello desprolijo hasta los hombros, quien traía vestimenta de jean de color mugre, y zapatillas que alguna vez habían sido blancas. Muy distraído buscaba en el fondo de una bolsita una de hojaldre con dulce.
Fue un encuentro no pactado, fue para ambos un gran encuentro. Ignacio y Nelson crecieron juntos, en la misma cuadra. Fueron separados por el colegio secundario, separados únicamente en las horas de clase. Nelson técnico en electromecánica e Ignacio bachillerato común y gracias. Una prueba de matemáticas y el destino los juntó esa fría mañana en ese lugar. Ambos salieron de su casa con la misma idea de faltar al colegio. Ignacio aún no estaba completamente decidido de su rabona, pero ese casual encuentro con su amigo del alma lo convenció de que era la mejor opción que podían tener ese día. A Nelson poco le importó el cronograma que había tardado tanto en hacer la noche anterior. Entre los dos decidieron ir a romperle un poco los kinotos a un gran amigo que tenían en común.
El chino tenía veintidós años. El colegio secundario ni siquiera lo había hecho por la mitad. Prefería el balde y la cuchara que los libros de literatura. Prefería también esa pequeña y húmeda habitación de pensión barata que la villa que lo vio crecer. Amante de la amistad, amante de sus amigos, de Ignacio y de Nelson, sus únicos amigos. El yeso le llegaba hasta la rodilla. Había caído varios metros mientras colocaba ladrillos cerámicos en un techo.
Nelson e Ignacio entraron abrazados como dos borrachos. Uno con facturas y el otro con chocolates. El chino sin saberlo, calentaba el agua para tomar unos mates. Agradeció al cielo por la irrupción de sus amigos que venían a romperle la monotonía de su reposo.
La reunión duró tres horas. Matearon, comieron, fumaron, rieron; en fin, como solía decir uno de sus profesores: Adolescieron.
El chino siempre con su termomate, todo en uno. Desde que se conoció este sistema nunca lo abandonó. Nelson le dijo que ese no era mate para amigos -El mate es para compartir, y el secreto está cuando uno lo ceba - El chino nunca entendió por qué lo dijo, y en el tono en que lo dijo, si siempre tomaban en el termomate y nunca nadie se había quejado de nada. -Hoy me hubiera gustado tomar en un mate de verdad, hoy es una mañana que va a ser inolvidable para nosotros- No se habló más del tema y hubo un gran silencio que ninguno de los tres supo interrumpir.
A las doce menos veititantos Nelson e Ignacio tomaron el camino que los llevaría hacia el centro. Estaban dispuestos a hacer aquello que siempre habían querido hacer y hasta ese mometo no se animaban. Media hora más tarde se sentaron en el restaurant chino, coreano o japonés, nunca se sabe la procedencia de esta gente. Comieron hasta reventar, tomaron cervezas, fumaron cigarrillos, tomaron café, y se sirvieron varias veces postre. Ninguno de los dos podía moverse de sus sillas de tanto que habían comido, pero sin embargo buscaron el momento preciso como para hacer una de las mayores travesuras que tantas veces habían planeado hacer juntos. Se miraron fijo a los ojos y con una seña comenzaron a correr atravesando la puerta del local tan rápido que los nipones no tuvieron ni tiempo de poner en práctica su arte marcial, o de alcanzarlos siquiera para que paguen la cuenta. Tirados en el parque al sol, detrás del monumento, Nelson e Ignacio disfrutaban el triunfo de su gran aventura, mientras se quejaban de haber comido tanto sin necesidad, de haber comido por maldad, creyendo que así iban a lograr fundir ese mugroso restaurante. Cigarrillo de marihuana de por medio Ignacio hablo de volver a su casa: -No quedáte. Quedáte un rato más. Hagamos la última juntos- Nelson sacó una billetera de su mochila, Era de Timoteo Ariel Pedraza un compañero de colegio. Tenía en su interior dos tarjetas sin cargo, a cuenta del diputado Pedraza, tío de Ariel, para que festeje sus dieciocho años a lo grande. Algo que Ariel obviamente nunca llegó a festejar como lo hubiese querido su tío. Ignacio dudó por un momento, pero la insistencia de su único gran amigo hizo que aceptara la propuesta.
Eran las tres y media de la tarde cuando ingresaron a ese sótano con luces de colores. Un poco de temor invadió sus cuerpos cuando entregaron esas tarjetas que no les pertenecía a ninguno de los dos. Nelson en todo momento simuló ser el dueño de esas tarjetas. - Elijan, las que más les gusten - El servicio era completo, dos para cada uno. Según la madama del lugar, ellos eran amigos del mejor cliente, y por eso había que tratarlos de la mejor manera- Ellos se miraron por última vez deseándose suerte y sin poder creer que estaban a punto de tener sexo con hermosas mujeres como las tapas de revistas que siempre soñaban.
Nelson salió a las cinco y cinco de la tarde, Ignacio lo estaba esperando con cara de susto y de alegría a la vez. Se abrazaron, saltaron, rieron, festejando que todo había salido más que perfecto. Nelson acompañó a Ignacio hasta la puerta de su casa, como siempre, ellos nunca dejaban de acompañarse, si no era hasta la casa de uno, era hasta la casa del otro. Ignacio le ofreció unos mates como para culminar ese maravilloso día que habían pasado juntos. -No. Es hora de que me vaya, lamentablemente ya es la hora. Te quiero chabón, te quiero mucho - Ignacio cerró la puerta sin decirle nada, sólo se miraron a los ojos, como si ambos supieran que sería la última vez que se iban a ver. Los dos sintieron como que una brisa los envolvía, era una sensación muy rara que enrarecía el ambiente. Ninguno de los dos supo decir nada al respecto.
Eran las seis de la tarde, y Nelson aún no había llegado a su casa, se había pasado media hora más de lo habitual. La luz del día ya estaba comenzando a desaparecer. Nelson caminaba lento, como contando las baldosas de la vereda repasando y guardando en la memoria cada momento que había vivido en ese frío día de junio que ya estaba llegando a su fin. Ni siquiera se había detenido a pensar qué le diría a su madre si se descubría su mentira. Iba tan despreocupado de todo que no pudo siquiera reaccionar, ni defenderse de ese feroz y sorpresivo ataque. Un gran revoloteo, fuertes golpes y rápidos movimientos lo dejaron aturdido, y nada pudo hacer cuando se encontró con los ojos vendados y con una cinta en la boca dentro del baúl de un viejo auto gasolero que lo estaba dejando casi sin poder respirar. Nelson no pudo reaccionar como para defenderse, o para poder comprender lo que le estaba sucediendo. Un viaje interminable acalambraba sus músculos minuto a minuto. ¿Otra vez esta maldita política Argentina está cambiando de rumbo?- Pensaba con las pocas fuerzas que le quedaban. Y por momentos se le cruzaba por la cabeza que se podía tratar de a venganza del sobrino de un poderoso que había sufrido el robo de su billetera con un gran regalo en su interior. Descartaba por completo un secuestro ya que su pinta lo delataba como una persona más que humilde.
Sus ojos y su cuerpo no supieron soportar tanta confusión. Voces extrañas, frases incompletas, algunos gritos, el ladrido de unos perros, el hambre y el frío lo despertaron tirado en un percudido colchón apoyado sobre un piso de tierra, en un hediondo cuartito oscuro con olor a letrina. Su cuerpo estaba completamente amarrado con sogas y su boca anulada para hablar, para comer, hasta para beber un poco de agua. Poca era la claridad que llegaba hasta él. Parecía de día. Oscurecía. Otra vez volvía la luz, y otra vez la oscuridad. Pasaron muchas claridades por delante de sus débiles ojos, hasta que la claridad se hizo total.
Su cadáver fue encontrado con un tiro en la cabeza tres años más tarde por un viejo pastor Inglés de siete meses mientras jugaba con un palito junto a su dueño cerca de una casa abandonada en un pequeño pueblito que se estaba transformando en una zona de countries, a setenta kilómetros de la ciudad. No había rastros de nada. La mochila intacta. Nunca nadie pudo dar explicaciones sobre lo sucedido, y tampoco se investigó demasiado, no hubo voluntad de hacerlo, su familia era demasiado humilde como para que la justicia tenga que darles respuestas sobre lo sucedido. Nelson era un chico bueno, quizá esto había sido una injusticia más de una vida llena de sorpresas y de un país cada vez mas inseguro y mas cobarde.
¿Quién sabe? Tal vez fue una equivocación, o tal vez fue el destino que ya estaba escrito para Nelson. Doña Rocío jamás pudo volver a sonreír. Sus hermanos nunca pudieron olvidar sus últimas palabras, y el tano, su padrastro, lo lloró todas las noches de su vida. Nelson Rivas lo sabía, sin saberlo, pero lo sabía. Nelson Rivas vivió ese día como el último día, y fue feliz. Ese había sido su último día en este mundo.

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