Verónica Segura argentina, soltera, despareció un diez de noviembre de mil novecientos setenta y nueve a la edad de veinticinco años. Cursaba el primer año de medicina. El último que sabemos que la vio con vida fue don Martín, el quiosquero de la calle Salta, el ex- quiosquero de la calle Salta. Las interminables deudas, y la maldita inflación de este país desorganizado lo obligo a cerrar definitivamente las persianas de su pequeño y único ingreso.
Las puertas del departamento que Verónica tenía en la calle Santiago del Estero estuvieron cerradas por muchos años. Sus padres nunca la reclamaron, sus padres la habían abandonado, la habían dejado ir de su pequeño pueblito allá en el sur de la patagonia. Corría el año setenta y ocho cuando Verónica desembarcó en Buenos Aires, y el barrio de constitución la cobijó hasta sus últimos días.
Su novio, el doctor Alejandro Frías tenía treinta y nueve años, era un hombre felizmente casado, con tres hermosos hijos. Era un hombre ejemplar, un juez ejemplar. Éste Le había prometido a su amada Verónica que abandonaría a su familia para dedicarse únicamente a ella, y Verónica ingenuamente lo creyó.
El país, políticamente estaba en ruinas. Creo que todos conocemos la historia de aquellos oscuros años, y algunos más que otros. Mas aún, los que tuvimos la desgracia de vivirla. (Pero no detallaré nada de ello en este relato, sólo me abocaré a lo que pude investigar sobre la muerte de Verónica, muchos años después). Pero pensándolo bien, quizá por eso fue que el caso no se investigó demasiado, porque en esos años a nadie, a ningún vecino se le hubiese ocurrido preguntar más de lo que debía preguntar. Como solían decir en aquella época la mayoría de los habitantes de este suelo: “Algo habrán echo”. Ésta fue una desaparición más, una como tantas otras que pasaron inadvertidas para muchos de los habitantes de este suelo. El hecho fue que Verónica murió, y nadie supo nunca el porqué de su trágico final. En ese tiempo, el doctor Alejandro Frías siguió su vida como si nada hubiese pasado. Quizá, porque no podía arriesgarse a perderlo todo, o porque nunca le interesó demasiado la muerte de su amada. Él era un padre ejemplar, un marido ejemplar, un juez ejemplar. Un juez de la nación con un brillante futuro político por delante.
Adrián Alberto Barrios mitad jujeño mitad tucumano. Desde los cinco años de edad supo arreglárselas sólo en esta inmensa ciudad. La estación de constitución era una de sus tantas mansiones. En esas calles hizo el jardín de infantes, la primaria, y hasta casi terminó la secundaria. Desde muy chico, tener que mendigar por un pedazo de pan era lo que más lo avergonzaba. Era por eso que siempre se las arregló para no pedirle nada a nadie. Adrián poseía un don especial, una gran habilidad con sus manos. Una habilidad que lo hizo muy famoso, que lo hizo una persona respetada por todos, querido por todos, a pesar de todo. Jamás utilizó un arma, jamás amenazó ni lastimó a nadie, sus trabajos eran increíblemente impecables. Él era una buena persona, de corazón noble, pero de manos muy rápidas. Se decía que para las navidades y fiestas de reyes trabajaba arduamente para alegría de los niños internados en el hospital Garrahan y nunca nadie se atrevía a preguntarle de dónde salían tantos regalos. A la edad de veintidós años, el estado le concedió una pequeña habitación muy cerca de donde él vivía, la cual por más que quiso no pudo rechazar. La cárcel de Caseros le dio asilo unos cuántos años. La excelente conducta, los buenos amigos de siempre, y la prestancia de algunos servicios para un importante diputado de la nación lo dejarían en libertad. Se prometió a sí mismo no volver nunca más a ese lugar, y se lo prometieron, sólo si aceptaba ser un empleado más de la mafia estatal. La cárcel le había enseñado nuevos trucos, y ya era un verdadero profesional con nivel terciario. Le consiguieron un modesto departamentito en la calle Santiago del Estero.
Don Martín, el ex quiosquero de la calle Salta, le tenía un gran cariño, a pesar de haber sido su víctima en más de una oportunidad, cuando Adrián era solo un niño, y él aún era quiosquero. Solían tomar tragos juntos en uno de los tantos bares de comida al paso de la estación constitución mientras conversaban del mundo. Ahí fue donde comenzó a conocer a Verónica, a interesarse por ella, ya que a Don Martín le caía muy bien esa agradable muchacha que de vez en cuando le adornaba el local con flores para que alegre su día. El kiosquero nunca pudo explicarse cómo Verónica se fue de la ciudad con tantos proyectos que siempre decía tener. Inocentemente nunca llegó a pensar que algo malo le haya sucedido.
Adrían escuchó la voz de Verónica por primera vez una mañana bien temprano, antes de acostarse, mientras lavaba sus manos en el viejo piletón del baño. No alcanzó a descifrar lo que ella estaba diciendo, quizá por el ruido del agua, y el exceso de ginebra. Él no creía en fantasmas, ni en apariciones, ni en Dios, ni en nada. Pero la voz de una mujer que provenía de la canilla del piletón del baño lo descolocó por completo. Al principio a Adrián le costó mucho convencerse que esas palabras iban dirigidas a él. Muchas veces culpó a sus ginebras y a los wiskies baratos que solía pagarle don Martín en el barcito de la estación, pero la sensación que experimentaba cada vez que hablaba con ella no era la misma que las alucinaciones que le producían las fuertes drogas que consumía. Desde ese día cada vez que Adrián abría el agua caliente de la pileta del baño, la voz de Verónica comenzaba a sonar muy cerca de él como si ésta estuviese a su lado. Al principio un escalofrío envolvía todo su cuerpo, pero con cada aparición esa sensación de temor se convirtió en un sentimiento de paz que lo aliviaba de cualquier malestar, inclusive los dolores de cabeza y de estómagos debido a su exceso de drogas y alcohol. Con el correr de los días la escuchaba con más claridad, y poco a poco la fue conociendo, pero sólo por su voz, siempre a la misma hora, y en la misma situación. Verónica no fue clara en sus primeros mensajes, quizá producto de su timidez. Pero ella tenía la necesidad dialogar con alguien que realmente la escuchara, que la entendiera, para poder contarle lo que le había sucedido. Comenzó entonces a contarle su vida, y luego se animó a relatarle detalladamente su historia con el magistrado, cada día un poco más. Adrián conocía al doctor Alejandro Frías, pero sólo de nombre. En realidad no había quien no conozca al doctor Alejandro Frías. Éste formaba parte del clan mafioso de los jueces oscuros de la nación. En cierta forma, lo podía considerar como uno de sus jefes. Adrián supo entonces de quién era ese departamentito de la calle Santiago del Estero en el cual él vivía y no pagaba absolutamente nada.
Verónica seguía hablando con él todas las mañanas cada vez que llegaba a la madrugada, después por las tardes, ni bien Adrián se levantaba, y luego por las noches antes que salga a hacer sus trabajos. Adrián no sabía mucho de psicología, pero en cierta forma él también necesitaba a alguien para llenar un poco ese gran vacío de soledad que lo venía acompañando desde hace mucho tiempo atrás. Su trabajo no le permitía tener amigos en quién confiar. Su fama tampoco le permitía tener a su lado a una mujer como la que él siempre anheló, una mujer como Verónica, sencilla, sincera, honesta, amante de la vida, amante del amor. Poco a poco sus almas comenzaron a recorrer los mismos caminos, poco a poco sus encuentros no eran una casualidad, sino una necesidad. Adrián solía pasar la mayor parte del día en su departamento, y sólo salía cuando realmente era necesario. Él sentía que había descubierto el amor, el verdadero amor. Y desde ese momento y sin darse cuenta, todo su ser comenzó a estar envuelto en Verónica, y toda su vida sería para ella, a pesar de saber que físicamente era un amor imposible, sólo físicamente. Poco a poco, esa mujer fantasma pasó a convertirse en un todo para él. No fue fácil para Adrián convencerse que se estaba enamorando de una voz que escuchaba cada vez que abría la canilla del baño. Pero esta vida no había sido generosa con él y ella era lo único que lo hacía sentir pleno.
Finalmente Verónica no había sido una víctima más del desastre político de la monstruosa década del setenta que vivió nuestro país. Verónica había sido asesinada a causa de una sopa de arvejas muy caliente y con poca sal. El hombre ejemplar había sido el autor material del hecho. El doctor Alejandro Frías tuvo la desgracia de quemarse la lengua en el primer sorbo, y esta estupidez desató la ira del soberbio magistrado. Discutieron. Él golpeó bruscamente el rostro de Verónica dejándola inconsciente, luego la arrastró de los cabellos hasta el baño, y la amarró cruelmente al inodoro atándola de pies y manos. Encintó su boca, llenó la bañadera de agua hirviendo, e introdujo el cuerpo de la joven pisándole la cabeza con su pesado pie para hacerle entender a Verónica cuan desagradable era quemarse la lengua. La brutal acción finalizó con un corte de navaja en el delicado cuello de la joven. Verónica no pudo resistir, ella murió luego de largas horas de agonía. El juez ejemplar se encargó de todo lo demás.
Adrián supo cada detalle de lo acontecido aquella noche, y conoció a fondo la relación que Verónica tuvo con el magistrado. Nadie más que él, Verónica y el doctor Alejandro Frías lo sabían. Adrián jamás iba a poder llevar ese caso a la justicia, porque la justicia era justamente la injusticia, y él estaba en manos de esa injusta justicia. Era su palabra contra la de un juez de la nación, y nadie iba a creer jamás en su relato, mucho menos dieciséis años después. Su condición de alcohólico y su supuesta adicción a las drogas no le iban a garantizar credibilidad alguna. Seguramente se encargarían de encerrarlo para siempre, pero no en Caseros, sino en el Borda.
Una vez que Adrián se interiorizó de lo acontecido aquellos años, no volvió a escuchar jamás la voz de Verónica, y nunca más volvió a cerrar la canilla del piletón del baño.
La inminente venganza era evidente. Para Adrián, entrar en el despacho del doctor Frías, volarle la tapa de los sesos, y salir fumando un cigarrillo sin que nadie lo advirtiera era una tarea más que sencilla. Su trabajo justamente consistía en entrar y salir sin problemas de los lugares más difíciles, y esa era su especialidad. Pero si actuaba de esa forma, la muerte de Verónica seguiría formando parte de esa confusa etapa la historia de nuestro país, y la muerte de un juez ejemplar abriría múltiples interrogantes que difícilmente podrían resolverse con la justicia que tenemos todos los argentinos. Adrián, quería que un país entero supiera cual era la clase de gente que nos juzgaba. Una tarea demasiado riesgosa y hasta casi imposible, casi.
Después de un largo tiempo y con mucho esfuerzo logró conseguir un puesto muy importante que le permitiría llevar a cabo su plan paso por paso, sin dejar ningún detalle librado al azar. Se ganó la confianza de Horacio Pereda, más conocido como la Tota Pereda, la mano derecha del doctor Alejandro Frías, la cara visible de todos los actos delictivos que manejaba el juez ejemplar. Todo, absolutamente todo pasaba por la Tota Pereda y Adrián llegó a ser ni más ni menos que uno de los guardaespaldas preferidos de la persona más cercana al juez. Adrián ya estaba muy cerca del doctor Alejandro Frías, y no tardó en ponerse a trabajar. El primer contacto cercano con el magistrado fue en la puerta de un lujoso restaurante de la recoleta. Dos senadores, un diputado, un juez, y un asesino a sueldo iban a disfrutar de una agradable reunión de trabajo. Adrián y un par de hombres más recibieron órdenes de esperar afuera. Esa noche estaba más nervioso que nunca, pero la baja temperatura hizo que no se notara en lo más mínimo. La Tota Pereda le dio una palmada en la espalda y le prometió hacerles llegar un par de tragos para pasar un poco mejor el frío de aquella negra noche de junio. El cadete de una florería ingresó al local con un ramo de seis rosas blancas, a nombre del doctor Frías. Seis rosas blancas, seis. Las flores preferidas de Verónica, el ramo que todos los viernes compraba el doctor para su amada. En la tarjeta, ubicada sobre uno de los extremos del ramo decía: "¿Me extrañas? Tu Verito".
La reunión quedó inconclusa. Al doctor Alejandro Frías lo trasladaron de urgencia al sanatorio a causa de una supuesta indisposición hepática. Al día siguiente, sanidad estaba controlando la calidad de los alimentos en ese lugar, clausurándolo por tiempo indeterminado. Dos días más tarde, la Tota se reuniría nuevamente con el magistrado, en un pequeño departamento en el barrio de la boca. Pidieron comida liviana debido al delicado estado de salud del doctor. Sopa de arvejas, muy caliente y con poca sal sería el plato destinado para ese almuerzo, elegido al azar por uno de los guardaespaldas de la Tota Pereda, y entregado en mano a cada uno de ellos por Adrián en persona. Desde ese momento comenzaría una difícil semana para el doctor Alejandro Frías. Inesperadamente llegaban a su despacho todo tipo de mensajes, frases, poemas de amor, con la misma firma de la tarjeta que venía con las flores, "Tu Verito" así era como él la llamaba en la intimidad. Su esposa, en varias ocasiones tuvo que realizar denuncias por robo a la policía. Todas sus joyas iban desapareciendo de a poco, como por arte de magia, y entre ellas, una muy especial, una muy fina pulsera de oro y brillantes que el doctor le había regalado a Verónica para su último cumpleaños, diez días antes de su muerte. Una pulsera que ella pensaba estrenar para la fiesta de la facultad. Los peritos nunca pudieron encontrar rastros de los hechos. Cada uno de los robos había sido un gran misterio. Varias personas del servicio domésticos tuvieron que soportar la desconfianza de todos. Al poco tiempo la pulsera fue encontrada por el mismo doctor en el cajón de su escritorio, envuelta en una servilleta del "Café de las 5 esquinas", donde Verónica y él se conocieron. Por ese entonces, la salud mental del doctor Alejandro Frías comenzaría a desmejorar inexplicablemente, preocupando a todos sus allegados. Las pastillas parecían no hacerle efecto, y él ni siquiera podía narrar en detalle a su psicólogo lo que realmente le estaba sucediendo. De noche solía escuchar los tres sutiles golpes en la puerta que utilizaba de contraseña con Verónica para sus encuentros a escondidas. Día tras día iba encontrando en el interior de su automóvil una letra de plástico como las de un juego didáctico para niños, iguales a las que juez le había comprado a Jeremías, su hijo menor. A los ocho, días esas mismas letras aparecieron en el asiento trasero de su auto formando la palabra “VENGANZA".
Durante varias semanas Adrián no dio tregua al estado mental del magistrado. Cada acción estaba cuidadosamente estudiada, cada movimiento que realizaba, estaba perfectamente medido, y al momento de llevar a cabo cada uno de sus planes Adrián procuraba llevar consigo diferentes alternativas de resolución por si algo llegaba a fallar. Su trabajo era más que perfecto, y con gran éxito se estaba acercando a la etapa final, a la parte más difícil de su plan, al momento que le quitaba el sueño.
Todo estaba listo para la última gran jugada. Un cadete de una agencia de motos de la zona fue quién le hizo llegar al doctor el último mensaje que pondría fin a esta locura que para a Adrián significaba el desafío mas grande de su vida. Lo último que recibió el magistrado fue una pequeña tarjeta dentro de un sobre lacrado: "Hoy te espero en casa a las seis, te extraño... Tu Verito". Arrastrado por el miedo y la locura, esa misma tarde, el doctor Alejandro Frías salió de su despacho de la calle Talcahuano sin que nadie lo supiera, ni siquiera la Tota Pereda, su inseparable guardaespaldas. Las casi treinta cuadras que lo separaban de su despacho hasta el pequeño departamentito de la calle Santiago del Estero las camino inconscientemente sin parar, debatiéndose a sí mismo si creer o no creer lo que le estaba sucediendo. Su estado no le permitió pensar que no era conveniente que un personaje público como él, camine solo por las calles de la cuidad como cualquier persona normal. Mientras tanto, Adrián lo estaba esperando con todo preparado, sin tener la certeza de que el doctor se haga presente en el lugar. Sólo dios sabía lo que allí sucedería.
Adrián había ubicado estratégicamente una silla contra la pared frente al espejo del ropero. Detrás de ese espejo se encontraba incómodamente sentado un cazador de primicias con su cámara encendida lista para grabar lo que sería la gran noticia del año.
Los minutos pasaban y todos iban poniéndose un poco más nerviosos, más incómodos. El juez ejemplar parado en la puerta del edificio se debatía si entraba o no al departamento. Allí parado fue cuando entró en razón de la locura que había cometido, y comenzó a sentir temor que los transeúntes de uno de los barrios mas peligrosos de la ciudad lo reconocieran y lo descubran indefenso, ya que su cara era una de las más cholulas de la política del país. Adrián silumaba estar tranquilo pero los nervios lo carcomían por dentro. Daniel Arregui el periodista más polémico del momento, se quejaba del calor y de sus calambres debido a su incómoda posición en la que se encontraba dentro de aquel mueble semi destartalado, pero esa nota valía la pena, esa nota valía más que toda su carrera.
El tiempo no se hizo esperar, y a las diecisiete horas, cincuenta minutos y siete segundos sonó el timbre con cierta timidez resonando muy fuerte en su interior. Adrián dejó de hacer la nada que estaba haciendo y miró hacia la puerta. Luego dirigió su mirada hacia el espejo como buscando una respuesta del periodista a la cual jamás iba a poder a ver desde dónde se encontraba. Necesitaba confiar en que todo estuviese bien para que nada lo arruine. El timbre volvió a sonar, como con más decisión, como con más coraje. Adrián fue hacia la puerta volviendo a mirar hacia el espejo para corroborar que todo esté perfecto y respirando muy profundo la abrió para quedarse cara a cara con su peor enemigo. El silencio se apoderó unos segundos de ese tan esperado y peligroso encuentro.
- ¡Dotor! ¡Qué raro uste por acá!
Fue una gran sorpresa para el magistrado ver a uno de sus mejores hombres en ese lugar. Un hombre al que ni siquiera sabía bien como se llamarlo, a pesar de saber que le pertenecía. Él nunca le permite a ningún empleado dirigirle la palabra, eran códigos inquebrantables. El doctor trató de disimularlo hasta donde pudo.
- ¡Ah, eh!... ¿Vos, eras... eh...?
- Soy... Adrián... Adrián Barrio.
El doctor Frías estiró temerosa su mano como para saludarlo. Adrián evadiendo sobradamente el saludo lo invitó a pasar.
-¡Pero pase hombre! ¡No se me va a quedar ahí parado!
-¡Ehh, sí claro! ¿Estás sólo?
Adrián miró a su alrededor ocultando su nerviosismo, mostrándole al magistrado la soledad que acusaba el ambiente.
- ¡Y Claro! A no ser que haiga algún fantasma. Igual no me preocupa, no les tengo miedo. ¿Y Uste ?
- ¿Yo qué?
- ¿Si uste le tiene miedo a los fantasmas?
El silencio nuevamente se apoderó de ese confuso momento, pero solo por unos pocos segundos, los suficientes como para que el pánico vuelva a instalarse en el rostro del juez ejemplar. En esos segundos solo se escuchaba el agua correr en el viejo piletón del baño. Adrián cortó el clima tratando de ser él quien maneje la situación.
- ¡Un chiste, pase!
El doctor ingresó lentamente a su propio departamento, propiedad del estado. Adrián lo seguía de cerca con su mirada.
- Disculpe el kilombo vio, no esperaba a nadie yo a esta hora. Y nosotro los hombre no servimo pa estas cosas.
- ¿Tenés una canilla abierta?
- Muerta…
- ¡Perdón! No entiendo.
- No funca. Hay que arreglarla…
La pequeña sala no mostraba desorden alguno. El ropero, la silla frente al espejo, y una pequeña mesita en uno de los rincones del ambiente era todo lo que había a la vista. Sobre esa mesita, un revólver calibre treinta y ocho desarmado. El magistrado no pudo evitar clavar su mirada sobre el arma. Las paredes del pequeño departamentito de la calle Santiago del estero estaban pintadas de un color diferente al de hace dieciséis años atrás, lo que le daba cierta tranquilidad al juez ejemplar. Los pocos muebles que había en el lugar no eran los mismos, salvo esa silla que tanto le gustaba a Verónica, que hacía sólo unos meses atrás había sido retapizada a nuevo. El doctor observaba cautelosamente cada pedazo de materia que se le cruzaban por delante de sus transpirados ojos, mientras Adrián hablaba tratando de mantener el control de tan complicada situación. Delante de sus ojos un asesino decía ser su jefe, y no cualquier asesino, era quien había matado cobardemente a la mujer de la cual se había enamorado con el alma. Adrián necesitaba mantener la calma para poder actuar con la cabeza como lo hizo hasta ese momento, y no con el corazón quien le ordenaba vaciar el cargador de su treinta y ocho en la cabeza de la detestable persona que tenía frente suyo.
- Estaba aceitando un poco a mi bebé, uno nunca sabe cuando la tiene que usar. ¿Algo pa escabia dotor?
- Agua, un vasito de agua.
- Se la debo, se me rompió la heladera, y la de la canilla sale sucia, muy sucia, tan sucia que da asco.
Adrián le clavó la mirada al doctor quién jamás advirtió la indirecta de su empleado.
- Tengo ginebra, o... ginebra, sino también le puedo ofrecer un vasito de ginebra.
Adrián se reía como festejando un gran chiste, dándole una palmada al doctor cual amigos de toda la vida. Éste reaccionó mal ante ese gesto y lo miró tratando de hacerle entender como debía comportarse ante un superior. Pero ninguno de los dos dijo algo al respecto, sólo cruzaron sus miradas. Se produjo entonces un incómodo silencio entre ambos. Sin esperar respuesta alguna, Adrián sirvió dos tragos largos, bebió el suyo hasta la mitad de un solo sorbo, y comenzó a armar su arma desarmada, mirando fijo al magistrado.
- Todavía no me dijo a qué vino.
- ¡Ehhh!... Es por el asunto de este periodista que está hablando de más...
- ¿El Dani Arregui?
- Sí... ¿Cómo lo sabías?...
Adrián ni siquiera le contestó, y volvió a tomar otro sorbo mientras probaba el percutor de su revólver.
- Bueno, no importa eso ahora, la cuestión es que se está metiendo en asuntos que no le corresponde y a mí no…
El relato del doctor fue interrumpido abruptamente por Adrián.
- Sabe qué pasa jefe. En este laburo tenemo que saber quienes son los enemigos y quienes los amigos. Y yo toy al tanto de todo...
Adrián lo miraba fijo a los ojos, mientras el juez ejemplar trataba de ganar tiempo pensando alguna excusa creíble que le permitiera justificar su visita, creyendo tener todo bajo control mientras escuchaba lo que Adrián le decía.
- Lo conozco. Es fácil ubicarlo. Hace siempre el mismo camino pa ir hasta el canal... Fuma Chesterfil, y uste se va a cagá de risa pero… Tre vece a la semana compra forro con gusto a frutilla. Me parece que le gusta morder almohada a éste…
Adrián lo miraba sonriendo viendo a su jefe muy sorprendido por los datos que escuchaba, como si éstos fuesen realmente ciertos.
- ¡Bueno, bárbaro! Veo que tengo gente muy bien preparada y que sabe para quién trabaja. Entonces no hay demasiado para hablar... Creo que ya sabes lo que hay que hacer ¿no?
El doctor giró hacia la puerta con intenciones de salir del lugar y Adrián se adelantó cruzándose en su camino para evitar que se vaya. El clima volvió a ganar en densidad.
- ¿Y porqué yo?
Se miraron a los ojos por unos instantes. Para el doctor no era fácil sostenerle la mirada a un supuesto empleado suyo que ni siquiera conocía, y que sabía perfectamente que no era un bebé de pecho ya que nadie podría negociar nunca nada con la Tota Pereda si no se trataba de una persona hábil e inteligente, y Adrián era uno de los guarda espaldas preferidos de su persona de confianza. El magistrado refregaba sus manos transpiradas tratando de medir sus palabras para evitar cualquier tipo de malentendido, más allá de que él era un especialista en tratar con esta clase de gente.
- ¿Por qué vos? Y... Porque creo que sos uno de los mejores en... ehh... En realidad...
Adrián disfrutaba cada segundo viendo cómo el juez ejemplar se esforzaba por mentir, tratando de inventar algo creíble para poder justificar su visita, para tratar de convencerse de que era imposible que él estaba allí porque lo había citado Verónica. Como era imposible también que Adrián pudiera saber algo de esa mujer que alguna vez dijo haber amada, esa mujer que había matado con sus propias manos dieciséis años atrás. Adrián trataba de descolocarlo en cada palabra.
- Yo soy bueno pa otras cosas, no pa apretar. Ménde es mejor.
- ¿Mendez? ¿Dónde lo ubico?...
- Cómo me encontró a mí... Vaya y búsquelo a Mende...
Un pronunciado silencio invadió nuevamente el lugar. En ese momento el doctor comenzó a desconfiar de la persona que tenía enfrente, imaginándose que lo citaron allí para hacerle una sucia jugada política de alguno de sus tantos adversarios. Se miraron a los ojos estudiándose mutuamente. Ambos sabían que la conversación que estaban manteniendo no eran más que puras mentiras.
- ¿Y además qué?... ¿Por qué no vino la Tota a decírmelo? Es peligroso que un tipo como uste ande solo y por esta zona. No es lugar pa un cheto como uste. ¿Conoce la zona? ¿Anduvo por acá alguna vez?
Ambos necesitaban sacar las verdades a la luz. El magistrado para saber el por qué de su presencia en ese lugar, y Adrián para convencerse de que no estaba loco, de que las palabras de Verónica no habían sido producto de su imaginación, y que todo lo que había escuchado durante los últimos meses de su vida era real. Necesitaba además saber, que el más allá existe, y que esa vida después de la muerte que todo mortal anhela no es mera literatura.
Al doctor se lo veía muy inquieto en su accionar, pero un poco más frío en sus pensamientos. Como juez necesitaba descubrir sus últimos acontecimientos para poder averiguar quién le estaba jugando esa mala pasada. Y cómo hombre, convencerse que Verónica estaba muerta, y que el cuerpo que él mismo había tirado al río era el de su amada.
- No creo que uste haya estado alguna vez por este barrio... Y menos en un departamentito de mierda como este...
Los recuerdos iban y venían por la memoria del doctor Alejandro Frías, haciendo que esos dieciséis años que ya habían pasado se convirtieran en solo algunas pocas horas atrás. El magistrado volvió a recordar aquellas sensaciones, aquellos olores, y hasta le pareció escuchar la voz de Verónica que provenía del baño.
- ¿Olor a mierda hay no? Olor a negro...
Bruscamente el doctor decidió darle fin a esa charla, una charla que no los estaba llevando a ningún lado, que lo confundía y que no lo estaba ayudando a resolver absolutamente nada.
- Bueno, si vos me decís que Mendez es mejor... Busco a Mendez y se terminó esta charla absurda...
- ¡Es mentira! Chamuyo puro...
El juez parecía darse cuenta de que Adrián escondía algo, como si supiera algo de lo acontecido aquella noche, y comenzó a incomodarse viendo a su empleado que giraba el tambor de su arma, mostrándole que estaba lista para ser usada. Adrián completó la acción poniéndole todas las balas al tambor de su treinta y ocho.
- ¿Qué es mentira? ¿De qué me hablás?
- ¡Uste es una mentira!
- ¿Cómo decís?
El juez debía mantener una actitud soberbia mientras intentaba controlar esa calma que se le estaba escapando por entre los dedos.
- Lo que escuchó. Uste y esa mierda que quiere inventar. Conmigo no se haga el gil, yo sé la clase de sorete mal cagado que es uste.
- ¿Que estás diciendo pibe? Tené cuidado, no vaya a ser cosa que....
- ¿Que qué? ¡Pedazo de hijo de puta!
Colocando la última bala en su cargador mirándolo de una manera extremadamente desequilibrada.
- ¡Qué! ¿Me va a encerrar de por vida ? ¿Eh?
- ¿Qué te pasa? ¿Con quién te crees que estás hablando?… ¡Es una lástima pibe!... Podrías haber tenido un muy buen futuro conmigo.
El doctor acomodó su corbata de seda nueva y dio la vuelta como para irse del lugar. Adrián con el arma ya cargada lo seguía minuciosamente con la mirada.
- ¿A dónde cree que va? La ginebra. Tiene que tomar la ginebra.
- Me parece que te olvidaste de quién da las órdenes acá.
Decía el juez ejemplar con una soberbia que atravesaba el cielo raso.
- ¡La ginebra!
Susurró amenazante Adrián levantando su arma apuntándole entre medio de las cejas. Su pulso era perfecto.
- La ginebra. ¡Hasta la última gota! ¡Como los machos!
El doctor empezó a entender que estaba frente a un verdadero profesional a quién no le temblaría el pulso al momento de disparar. Cautelosamente comenzó a tratarlo como si estuviera mediando con algún delincuente en alguna toma de rehenes. Tratar con delincuentes era lo mejor que el doctor sabía hacer, pero no estaba acostumbrado a estar solo, sin guardaespaldas o sin un arsenal que lo custodiara. Sin saberlo, esta vez él era un rehén.
- ¿Vos tenés idea de lo que estás haciendo, pibe?
- En mi vida estuve tan seguro de algo.
- Creo que te tenés que calmar un poco.... ¿Qué querés?
- ¡La ginebra!.... Vamo, si es tan guapo como cree.... ¡Vamo!
Adrián un poco alterado y a punto de disparar lo incitaba a que beba ese vaso de ginebra al cual el doctor se estaba negando.
- Es que... yo nunca tomo alcohol sabes.
- Hoy sí.
Adrián parecía decidido a disparar si el doctor no obedecía. Se produjo entonces una tensa pausa donde las miradas se cruzaban compartiendo temores, odios, nervios, donde cada movimiento estaba perfectamente estudiado por ellos. Adrián mantenía con un pulso perfecto su treinta y ocho sobre la frente del magistrado, mientras el juez ejemplar caminaba lentamente hacia el abundante vaso de ginebra, sin sacarle la mirada a su empleado. Adrián con un movimiento de su mano le hizo entender al magistrado que no le quedaba opción alguna. Éste, comprendiendo el gesto tomó el vaso de un solo sorbo bebió la ginebra. Parte del líquido se derramó sobre su camisa, y sobre su corbata nueva color salmón.
- ¡Muy bien, se ve que se la banca el dotorcito!
- ¿Qué carajo te pasa pibe? ¿Qué es lo que querés?
- ¿Yo?... ¿A mí me pregunta? Usted dígame ¿a qué vino?
- Ya te dije nene a...
Adrián interrumpe con un grito cortante.
- ¡Mentira!... Yo ya le dije que eso es una mentira.
Antes de que Adrián termine de hablar, el teléfono celular del doctor Alejandro Frías comenzó a sonar interrumpiendo la escena. Se miraron sin saber qué era lo más conveniente para hacer en ese momento. El doctor lo miró dándole a entender que debía contestar ese llamado.
- Atienda nomá. Que yo tengo tiempo.
Antes de que el aparato llegue a destino, una bala lo atravesó de lado a lado haciéndolo estrellar contra la pared. El doctor dio un salto hacia atrás, tropezando con la silla y cayéndose posteriormente muy aturdido al suelo. Adrián sólo debía asegurarse que nadie más vuelva a molestarlos.
- ¿Que hacés pibe?... ¿Estás loco?
El doctor se incorporó con cierta cautela, extremadamente nervioso, comenzando a entender que ese encuentro no había sido una casualidad, sino que había estado planeado por Adrián, pero lo que aún no podía descubrir era el para qué del mismo.
- ¿Qué pensó, que lo iba a dejar hablar? Soy negro pero no boludo.
El doctor reaccionó completamente fuera de sí.
- ¡Decime qué carajo querés de una buena vez!
Adrián cerró la puerta con llave con una tranquilidad desesperante.
- ¡Cállese la boca!... Ya va a tener mucho tiempo para hablar, ahora va a hacer lo que yo le diga. Siéntese ahí.
Adrián hizo sentar al juez en la silla frente al espejo del ropero, y el magistrado, desesperadamente, debió hacer lo que Adrián le estaba indicando.
- Mírese al espejo.
- ¿Qué juego es este?
- ¡Ssshhh!... Mírese al espejo, fijo a los ojos, y empiece a contarme la historia de su vida, como si yo no lo conociera. O mejor no… Haga de cuenta que está frente a dios en el juicio final, que ese espejo es dios y uste le tiene que dar algunas explicaciones… Esas cosas que tiene bien guardaditas y nunca se las contó a nadie.
- ¿Qué?
- ¡Eso! Vamo, vamo empiece de una buena vez. Háblele, al espejo, cuéntele toda su vida.
El doctor Frías no alcanzaba a entender lo que le estaban pidiendo, pero la adrenalina generada por el disparo y el hecho de saber que estaba ante un delincuente armado dispuesto a cualquier cosa lo obligaba a seguir con el juego propuesto por Adrián. Tímidamente comenzó a hablar de su vida, y poco a poco fue hilvanando las palabras que lo llevaron a relatar historias de sus padres, de sus hermanos, de su infancia, del colegio, de la universidad, de su esposa, de sus hijos... Realmente sus palabras parecían hablar de un hombre ejemplar, de un hombre de bien que trabajaba arduamente para mantener la seguridad de los ciudadanos de un decadente país del tercer mundo. Adrián asqueado de sus rebuscadas frases, se acercó y lo miró fijo a los ojos colocándole el arma fuertemente en su mandíbula. Ni el doctor, ni el propio Adrián estaban seguros de que si era el momento de apretar el gatillo y terminar con todo. El juez ejemplar estaba entregado, liquidado, ya no sabía ni qué decir ni qué pensar.
- No, no, no... Eso no se lo cree ni uste. ¡Somo grande, y nos conocemo! Eso que dijo es todo una mierda ¿no le parece?
- Ya no te entiendo pibe. Si me explicas las cosas un poquito, quizá podamos llegar a un arreglo.
- Yo ya tengo pensado que tipo de arreglo vamo a hacer. Lo único que necesito es su colaboración, nada ma.
- Sí, pero... ¿Para qué?
Adrián con brutales y efectivos movimientos dejó al doctor esposado a la silla, inmovilizándolo de pies y manos. Éste tragaba saliva con cierta desesperación, sintiendo que ya no podía controlar la situación. Se sentía completamente sólo frente a una tribu de caníbales hambrientos dispuestos a despedazarlo. Pero así y todo necesitaba sentirse el dueño del mundo.
- Acaba de perder todo su poder. ¿Vio?... Tantos años de estudio al pedo. ¿Vio que loco no? Un negrito patasucia, una cucaracha como nos dicen ustede los chetitos de guita, lo dejó sin poder. Y encima ahora por más de que piense en el tiempo que perdió laburando y haciendo chanchullos para cambiar el autito, se perdió de hacer muchas cosas con sus pibes. Laburó al pedo, hizo guita al pedo. Yo voy a decidir cómo sigue esto. Mal padre, mal marido, mal juez… ¡Garca! ¡Corruto! Todo lo que hacemos mal se garpa. Tarde o temprano se garpa. Y uste debe mucho, y no le va a alcanzar su mísera vida pa pagarlo.
- ¡Juro que te vas a arrepentir de todo esto!
- ¡Shhhh!... Sigamo conversando que todavía no me dijo lo que a mí me interesa... Hablemo de su vida privada. De sus amantes por ejemplo. ¿Cuántas tuvo?
Adrián no dejaba que el doctor pueda meter bocado alguno. Lo llenaba de preguntas sin respuestas, lo que hacía confundir aún más al magistrado. De a ratos el juez ejemplar parecía entender todo, pero Adrián lo volvía a desorientar llevándolo por lugares insospechados, Adrián sabía con exactitud vida y obra del magistrado, lo que hacía que el juez ejemplar temiera aún más por su vida. Entre tantas idas y vueltas, entre preguntas sin respuestas hubo una que paralizó por completo al doctor Alejandro Frías, que le hizo darse cuenta por fin para qué había ido esa tarde al viejo departamentito de la calle Santiago del Estero.
- ¿Qué pasaría si Verónica Segura quisiera hablar con uste ahora mismo?
En ese momento fue como si el mundo se hubiese detenido y que de ellos dos dependiese su continuidad. Un espeso silencio volvió a adueñarse de todo. Adrián tenía los ojos llorosos y una furia contenida que lo hacía pensar en disparar y terminar con todo esto de una vez por todas. Al juez ejemplar se le vinieron a la cabeza cada uno de los momentos que lo hicieron ir hasta ese lugar, y un torrente de saliva se le atascó en su garganta.
- ¿Como?...
- ¡Epa! ¿Qué le pasó que cambió la jeta tan de golpe? ¿Dije algo malo? Eso es caca. Eso no se dice.
Adrián descargó gran parte de su bronca contenida dándole un fuerte culatazo a la altura del ojo izquierdo provocándole un profundo corte que comenzó a sangrar de inmediato. El magistrado parecía no sentir dolor.
- No, no puede ser... ¿Vos preparaste todo esto?... ¿Qué querés pibe?
- Yo no hice nada. Ella me pidió que lo esperara, que le dé algo de tomar, y que lo haga sentar. Nada ma. Esperémosla.
- No, no es cierto. ¿De dónde sacaste eso?... Esto es imposible
El magistrado insistía con extremada desesperación que las palabras de Adrián no eran reales ya que le era imposible comprender como un pobre infeliz pudiera saber tanto de su vida privada. Mientras tanto Adrián trataba de no dejarse llevar por sus ganas de volarle la tapa de los sesos. Él quería llegar hasta el fondo, pero no quería equivocarse. No podía echar todo a perder por un impulso irracional.
- ¿Por qué no puede ser dotor? Si ella simplemente desapareció. ¿O no? Las cosas desaparecen y pueden volver a aparecer, es muy simple.
Por la cabeza del doctor Alejandro Frías volvían a pasar detalladamente las imágenes de lo acontecido aquella noche y los días subsiguientes hasta el momento en que el cadáver se hundía en el río de la plata. Su alma intentaba encontrar aquella imposible respuesta. Él mismo se había encargado de arrojar el cuerpo sin vida de Verónica al agua. El mismo había estudiado cada detalle para no dejar ningún rastro que lo comprometiera con el hecho. No había posibilidad de que Verónica estuviese viva. La desesperación lo abrumaba.
- Ella desapareció... Ella... ¡Ella está muerta, muerta!
- ¿Qué dice dotor?
- No me jodas pibe, te estás equivocando, Verónica no puede venir. Verónica murió.... murió.
- ¿Y cómo ta tan seguro de eso?
- Está todo registrado en los archivos. Yo me encargué de todo, en esos tiempos ese era mi trabajo.
- Los papele se truchan, eso no significa nada dotor. ¿O me va a decir que uste nunca trucho papeleta? ¡A papá mono con banana verde no!
- ¿Quién sos? ¿Qué sabes de ella?
- ¡Qué importa! Yo sé todo, cada detalle de su vida... sé todo. ¿O le queda alguna duda?
- ¡No!... ¡No, no, no!
El juez ejemplar entró en un estado de desesperación incontrolable dando gritos desenfrenados cual si estuviera poseído por el mismo demonio. Adrián volvió a golpearlo bruscamente obligándolo a hacer silencio. Nuevamente se produjo una espesa pausa, que dio lugar a que el enérgico ruido de la ciudad entre por las persianas de las ventanas del segundo piso de aquel departamentito de la calle Santiago del Estero. La noche comenzaba a adueñarse de la escena. El magistrado poco a poco fue volviendo a la realidad y comenzó a hilvanar todo lo que le había sucedido hasta ese entonces llegando a la conclusión de que todo esto era un juego muy bien preparado por Adrián. Él estaba muy seguro de lo que hizo, y sabía que era imposible que Verónica estuviese con vida. Decidió entonces tomar la iniciativa para tratar de negociar nuevamente con Adrián y poder llegar a descubrir esa trampa en la que se había metido
- ¿Cuanto querés?
- ¿Qué?
- Sí pibe, ¿cuánta plata querés? O no sé, decíme que mierda queres.
- No le entiendo.
- No te hagas el pelotudo pibe y terminemos con esto de una buena vez. Yo no sé de donde sacaste todo lo que sabes, pero...
- Ya le dije, Verónica me lo contó.
- Dale morocho termina con las estupideces. Los dos sabemos que Verónica está muerta, y bien muerta. ¿Querés borrar tu prontuario? Lo hacemos, no sé... ¿Querés guita e irte del país? Lo hacemos también... Veo que ya sabes muy bien quién soy y que soy capaz de hacer. Ponéle vos el precio que quieras…
Adrián no emitía palabra alguna, sólo esperaba el momento en el que el magistrado confesara su crimen. El doctor Alejandro Frías ya no sabía que pensar, que decir, o qué hacer para salir del infierno en que se veía envuelto. Pero igualmente lograba tener momentos de mucha lucidez como para tratar de derrotar a este sorpresivo e inteligente adversario. Una vez más la soberbia tomaba la iniciativa apoderándose de la escena.
- ¿Vos te crees que esto se lo vas a poder decir a alguien? No pibe... ¿O queres que te pase lo mismo que a ella?… Sabes una cosa negrito. Me gustó mucho tu audacia, fue un trabajo muy fino, te felicito... Y hasta me haces pensar que no te mereces volver a la cárcel, al contrario, podemos llegar a formar un muy buen equipo nosotros dos. Podes ganar muy buena guita. La que no debes haber visto en tu pobre vida.
El magistrado comenzó a ofrecerle infinidades de posibilidades para terminar de una buena vez con toda esa locura, pero Adrián ya estaba asqueado de respirar ese hedor insoportable de gente como el doctor Alejandro Frías, de lugares como ese, de sucios trabajos que no lo llevaban a nada, y de tratos oscuros que sólo lo inducían a beber y a consumir drogas para poder llenar ese vacío que tenía en su alma. Su vida entera le pasaba por delante de sus narices en un abrir y cerrar de ojos. Adrián sólo quería dejar atrás todo lo que fue, y todo lo que es para poder encontrar un sentido en su vida. Y eso era cuestión de minutos, ya casi estaba llegando al final. Un final que nunca planeó, que nunca imaginó, un final al que lo dejó para la improvisación, un final que quiso dejarlo en manos de Verónica. Fue entonces cuando Adrián decidió entrar en el juego del magistrado, dejándole que su soberbia vaya ganando espacio.
- Sabe qué, yo se que va a ser muy difícil, que un hombre
como uste vaya a la cárcel... Porque en la cárcel sólo hay ladrones de gallinas, gente pobre, eso no es de su clase -
- Veo que nos vamos entendiendo -
- Pero usted debe cuidar su imagen dotor, eso vale mucho
¿no le parece?... El hecho de que un juez de la nación sea
un asesino deja la justicia de este país muy manchada -
El doctor Frías se paralizó al escuchar la palabra asesino. Jamás imaginó que alguna vez alguien le diría lo que solamente él sabía sobre la muerte de Verónica, lo que tenía muy bien guardado, y él mismo se había encargado de borrar.
- ¿Qué pasa doctor? ¿Por qué esa cara? Le dije que sabía todo, ¿o ahora me va a decir que usted no la mató? Ni usted se lo creería -
El silencio del magistrado era mucho más que preocupante. Adrián necesitaba esa confesión para poder terminar con su trabajo, con su promesa de amor, con lo único que lo había hecho sentir vivo desde que tiene uso de razón.
Nuevamente ese gran silencio se apoderó de todo. Adrián sirvió otro vaso de ginebra, pero esta vez lo fue tomando de a poco, sin apresurarse, como esperando el momento de la tan esperada confesión. De repente y sin que nadie lo imagine comenzaron a escucharse decenas de sirenas de la policía que se acercaban a toda velocidad. Por un momento Adrián le resto importancia ya que en esa zona era normal escuchar sirenas a toda hora y en cualquier momento. Pero no era casualidad que todas frenaran justo frente a su ventana. Luego recordó vagamente que minutos atrás había efectuado un disparo, pero también a eso le restó importancia porque ningún vecino en ese edificio de la calle Santiago del Estero se alertaría o se asustaría por el sonido de un arma de fuego. La situación comenzó a complicarse de un momento a otro. Pasado algunos minutos, el edificio se vio rodeado de uniformados. En cada uno de los rincones había un policía armado hasta los dientes, en cada una de las posibles salidas, en las terrazas linderas, inclusive en la puerta misma del departamento. El doctor Alejandro Frías al sentir lo que estaba sucediendo elevó su arrogancia hacia lo más alto dándose de antemano como el vencedor de la contienda. Adrián trató de mantener la calma en todo momento pues aún no había logrado su objetivo.
- ¡Qué lástima pibe! De nada te sirvió todo este trabajo. Ya lo ves, aunque me tengas esposado sigo teniendo el poder sobre todas las cosas. Pero de todas maneras, me pone muy contento tener gente así trabajando conmigo, ¡lo tuyo fue brillante!... Hasta diría casi increíble, casi, te faltó esto para ganarme… ¡Já!
La sonrisa irónica del doctor Alejandro frías le hizo notar a Adrián que estaba a punto de perder todo el terreno que había ganado hasta ese momento, pero igualmente sabía como mantener la mente clara en momentos tan difíciles como éstos. La voz de un tal comisario Hernández comenzó a escucharse pidiendo hablar con Adrián Barrios, rogándole que no cometa ninguna locura, intentando llegar a un arreglo que Adrián sabía muy bien que jamás cumplirían. Él todavía no llegaba a entender como fue que la policía se enteró de todo esto. Nadie más que él sabía lo que allí iba a suceder. Mientras tanto el juez ejemplar seguía disfrutando de su gran victoria y Adrián no se daba por vencido ya que aún necesitaba esa confesión para terminar con su perfecto plan, para convencerse de que él no estaba loco, y que su amor por Verónica lo había llevado a actuar adecuadamente, para que aunque sea una vez en su vida la justicia esté de su lado, a pesar de haber decidido él mismo tenerla como su principal enemiga. Lo único que necesitaba era escuchar la confesión del magistrado, antes de entregarse pacíficamente a la ley que lo acosaba sin descanso. Miró hacia el baño como buscando un mensaje de Verónica y murmuró su nombre seguido de palabras que sólo él sabía que decían y con un brusco movimiento caminó amenazante hacia el doctor jugando a pleno su última ficha.
- ¿Que sintió cuando la mató? Al menos déjeme saberlo...
Adrián apoyó su arma sobre la mesita, como si estuviese aceptando su derrota. El doctor comenzó a sonreír cínicamente.
-¿Cuando la maté?.... No sé, fue todo tan rápido. Qué sé yo, la maté y punto. ¿De qué te sirve saber eso ahora?
- Yo pensé que uste era un cagón, que necesitaba de nosotro para matar.
- No. No necesito de nadie. Cómo maté a esta perrita maté a unos cuántos más… Y si no estuviera atado ahora te mataría a vos también, y despacito para que sufras como una rata. A los negros como vos habría que exterminarlos para acabar con la delincuencia…
El juez ejemplar saboreaba sus palabras riendo a carcajadas mirando a Adrián cual si fuera una rata.
- Te lo digo muy bajito para que no se entere mi gente que está a punto de entrar. Me encantó pisarle la cabeza a la pendeja... La verdad que no sé cómo fue que averiguaste todo esto pero me voy a encargar de que te pudras en la cárcel, o algo mejor, que te hagan mierda ni bien entres. Es lo mismo, Esto es lo último que hiciste… ¡Estás muerto!
Adrián lo miró fijo por un instante, comenzó a sonreír, suspiró hondo y miró a los cielos agradecido. Había logrado que un juez ejemplar se declare asesino. Aún le faltaba corroborar que el plan había sido perfecto sin importarle qué pasaría con él. Tomó nuevamente su arma parándose frente al espejo como esperando una respuesta desde la parte interna del viejo y destartalado mueble. Sentía muy de cerca la respiración de los efectivos policiales que buscaban el momento oportuno para entrar en acción. Adrián se paró frente al espejo dirigiéndose al periodista, que hasta ese momento se había aguantado la escena sin moverse, encerrado en el ropero casi sin respirar.
- ¿Decime que lo tenés?
El juez ejemplar miraba hacia todos lados tratando de comprender lo qué Adrián decía.
- ¿Cómo?
Adrián esperaba ansioso que del otro lado del espejo le den alguna respuesta. La puerta se abrió de repente, y del interior del mueble salió con su cámara en el hombro nada más ni nada menos que Daniel Arregui con una gran sonrisa, imaginándose un gran futuro por delante. El juez ejemplar no podía emitir sonido alguno debido a su desesperado asombro. Martín con un gesto positivo le pidió en silencio a Adrián que le alcance el trípode de la cámara para poder apoyarla y poder concluir su exitoso trabajo. Colocó su cámara en el medio de la sala con un plano abierto para que nada se le escape. Sacó un pequeño micrófono que conectó inmediatamente a la cámara y se paró frente a ella para comenzar a hablar con la imagen de fondo del juez ejemplar maniatado, completamente derrotado. Del otro lado los efectivos policiales aguardaban la orden para actuar.
- En vivo para todo el país, desde constitución, desde el segundo piso del departamento de la calle Santiago del estero al mil setecientos setenta y dos, ustedes han escuchado las declaraciones del flamante juez de la nación, doctor Alejandro Frías. Ustedes lo vieron, ustedes fueron testigos. Este señor que se encuentra en este lugar dijo ser un asesino...
Mientras Daniel Arregui relataba en vivo para todo el país el detalle de lo acontecido aquella tarde en el departamento de la calle Santiago del estero, Adrián trataba de entender la escena, sin comprender el por qué de ese inesperado final. El periodista no había cumplido su palabra, Daniel Arregui había estafado descaradamente a Adrián. Su trabajo solamente debía haber sido en registrar el momento de la declaración para luego poder usarla seriamente en los medios de comunicación. Pero todo lo que cuidadosamente Adrián había planeado y pactado con Arregui estaba siendo vapuleado por el ambicioso periodista. Adrián se sentía invadido por todos lados, desde afuera, la policía que seguía en vivo cada movimiento, sorprendidos por la increíble declaración de quien hasta ese momento debían defender, esperando muy atentos el momento indicado para actuar, y desde adentro, por un farsante periodista sin palabra que se había adueñado de prepo de una historia que no debía protagonizar. Entonces fue cuando Adrián sin esperar a que Martín termine de hablar, y antes de que todo su trabajo quede en manos de la justicia, tomó al periodista del cuello, colocándole el treinta y ocho en su cabeza tratando de ser él quien termine con lo que había empezado. Arregui nunca llegó a entender la reacción de Adrián, pero sabía que este inesperado final le daría aún más rating de lo que él imaginaba hasta ese momento, y ya veía la gran sonrisa de los directivos del canal festejando orgullosos por su gran trabajo.
- Te equivocaste y muy feo. Nunca hablamos de esto.
Adrián obligo al periodista a sentarse al lado del ex juez ejemplar, quien estaba tan aturdido como desesperado. La cámara quedó encendida transmitiendo en vivo para todo el país. La policía, hasta ese momento venía siguiendo por televisión todo lo que estaba pasando y seguía buscando la mejor manera de darle fin a esa locura. El juez ejemplar había confesado ser el asesino de Verónica Segura y de unos cuántos más. En su casa, su mujer y sus hijos vivían el horror en vivo y en directo. Sus hijos lloraban por tener un padre asesino y su mujer lloraba por sus hijos y por el qué dirán. Creo que estaba mucho más preocupada por el qué dirán que por la salud mental de sus hijos. Un país entero, cual si fuese la final de un mundial de fútbol estaba paralizado frente al televisor. Adrián, sin dejar de apuntar al periodista se dirigió a todos los espectadores. Pidió disculpas a la familia del juez ejemplar, por el mal momento que seguramente estarían viviendo. Maldijo a los medios por abusar y mal usar del poder que la sociedad toda les concedió. Miró al cielo, se persignó y apagó la cámara. Para el morbo de los televidentes y productores televisivos el audio continuaba saliendo en vivo hacia todo el país. Una placa roja se adueño de la pantalla contando exageradamente y con horrores de ortografía lo que seguía sucediendo allí. Se escucharon dos disparos.
El juez ejemplar murió aquella tarde del 23 de noviembre de 1995 con un disparo que ingresó en su cráneo en el centro de los ojos, como se dice habitualmente entre ceja y ceja. Dos semanas más tarde el cuerpo de Adrián Alberto Barrios fue encontrado mutilado en los baños de la carcel de caseros. Éste no pudo oponer resistencia alguna a la golpiza que le dieron los internos del pabellón cuatro, bajo las órdenes de la Tota Pereda quién por ese entonces se decía que había emigrado hacia Paraguay cruzando libremente por la triple frontera.
La noticia recorrió el mundo. El periodista argentino Daniel Arregui, luego de recuperarse del disparo en su rodilla izquierda, consiguió un aumento de sueldo, y su propio programa periodístico que pocos meses después fue levantado del aire debido a su bajo rating.
Verónica Segura hoy descansa en paz, y Adrián pudo lograr lo que muchos argentinos anhelan, ser el justiciero de la gente contra esta maldita justicia que hace e hizo de este suelo un país mediocre y berreta. Para Adrián valió la pena dar su pobre e infeliz existencia por mucha gente que necesitaba ver a un juez ejemplar, a un juez de la nación, a un mafioso estatal en el lugar donde muchos hoy deberían estar.
Verónica y Adrián quizá sean felices, no lo sé, quizá lo descubriré el día después de mi muerte, siempre y cuando ese tan nombrado más allá no sea mera literatura. Pero quiero creer que ellos al menos han alcanzado la felicidad, y Adrián con esta acción, haber conseguido el perdón de Dios por todos los delitos que esta maldita sociedad lo llevó a cometer.
martes, 3 de noviembre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
Un poco de suerte (Humor)
Mi nombre es Roque… Roque Feller y estoy buscando ese tan famoso golpe de suerte que todos tienen en esta vida. Golpes tuve muchos, sobre todo cuando empecé a querer a andar en bicicleta, pero no fueron precisamente de suerte, aunque una vecina solía decirme, ¡Suerte que no te rompiste el cogote nene! Lo que de alguna manera, podría decirse que lo tuve, pero no es a eso a lo que me refiero. Quizá es esa ayudita extra que todos tienen como para poder andar derechos en la vida, ya que desde el principio de mis días todo fue muy pero muy complicada. Cuando era apenas una criatura, creo que habré tenido unos ocho o diez meses, a mi mamá, que era una mujer muy joven y hermosa por aquella época, se le ocurrió sacarme a pasear a la hora de la siesta, para que pueda dormir aunque sea un ratito, ya que decía que las calles de la ciudad de buenos aires eran mucho más tranquilas y silenciosas que el conventillo en dónde vivíamos. Ese día ella empezó a caminar, y a caminar, y como éramos nuevos en el barrio se desoriento. Entonces entró a una heladería para preguntar cómo retomar el camino a casa, pero antes de retomar ese camino se le ocurrió tomar un helado. Se pidió un cucurucho gigante de tres gustos, y cuándo fue a pagar, se dio cuenta que le habían robado la cartera, o se le había caído o quién sabe dónde la había metido. Lo cierto es que no tenía ni un centavo partido al medio. Encima ya le había pegado la primera chupada antes de buscar la plata, y se encontró de golpe que ya no tenía con qué pagarlo. Pobre mi mamita se puso muy nerviosa con lo que le había pasado. ¡Y no era para menos! Se había pedido un cucurucho de tres gustos, frutilla, banana y chocolate con almendras. Por suerte para ella, un gentil caballero que se encontraba presente también con un cucurucho gigante, al verla en ese estado de nerviosismo, se ofreció a pagarle el helado, y ella aceptó. El problema fue que después de terminarlo no sabía como agradecerle a este buen hombre ese gesto tan amable. Pero se ve que él sí sabía, y se lo dijo al oído, y a mí mamá le pareció bárbaro. Al cabo de unos minutos se fue de la heladería con ese señor tomada de la mano para agradecerle. Y yo me quedé solito contra la vidriera mirando los autos pasar. Un mes y medio estuve ahí esperando a que me vengan a buscar, y nadie llegó para reclamarme. Yo no sabía sí mi mamá se había olvidado de mí, o todavía le estaba agradeciendo a este buen señor. Es que ella era una persona muy agradecida y aparte era un cucurucho de tres gustos. Creo haber visto más de un millón y medio de automóviles de todos los modelos y todas las marcas pasar por delante de mis ojos esperando que bajen y entren por mí.
El Tano de la heladería ya no sabía más que hacer conmigo, averiguó por todos lados pero nadie conocía a mi mamá. El vivía sólo ahí en el mismo local, y trabajaba de la mañana a la noche. Y aparte era tan amarrete, que por no querer pagar empleados, hacía el helado, lo servía, lo cobraba, y en varias oportunidades lo entregaba a domicilio haciéndome a mí cargo del negocio con las responsabilidades que eso implicaba para un niño tan pequeño como yo. Nunca se animó a correr el cochecito de al lado de la vidriera porque no sabía cómo destrabar las rueditas, además porque estando yo ahí al menos la gente se paraba un rato en la vidriera para observarme como si fuera un cachorrito en venta en una veterinaria. El pobre me mantuvo a helado todo ese tiempo, lo dejaba derretir al sol y me lo ponía en la mamadera, aunque a veces se le complicaba los días nublados, pero igual no se hacía demasiado problema si comía o no. Ese fue mi único alimento en ese entonces, de gustos variados, pero muy aburrido. Yo a pesar de que era muy chiquito ya me daba cuenta de las cosas. Y era muy feo para mí estar pasando por eso. El helado caliente era horrible.
Pasaron los calurosos días de verano y el sol del medio día dejó de derretirme los ojos, los primeros fríos del otoño fueron apareciendo. El Tano tuvo que cerrar heladería y tenía que dejarme ir. Él estaba todo el verano acá y en invierno se iba a trabajar a Italia, porque allá, no sólo tenía otra heladería, sino que también tenía a toda su familia. El tema era que no me podía llevar con él, porque decía que su mujer no le iba a creer que me dejaron olvidado una tarde cualquiera, la mina se iba a creer que yo era su hijo, y entonces para no tener problemas con la bruja me llevó a la iglesia del barrio, desapareciendo de mi vida para siempre.
Allí, en la iglesia, estuve solo dos semanas. Durante esos catorce días el cura trató de conseguirme un lugar en el asilo de varones pero le fue imposible, no había una sola cama libre en todos los centros de la ciudad y tenerme allí con él le ocasionaba muchos problemas. Parece que era algo picaron con las solteronas, y no con una, sino con todas las que se iban a confesar con la pollera por encima de la falda. Y se andaba diciendo que yo era hijo suyo, producto de una de sus tantas aventuras amorosas. Durante la misa, para no levantar sospechas me daba una mamadera de vino de misa y dormía durante varias horas seguidas. Lo peor de esta situación es que él no tenía manera de defenderse a semejante acusación se lavó las manos como Poncio Pilatos llevándome en cuanto pudo al convento de las monjas para que ellas se hagan cargo de mi inocente infancia. Me acuerdo que la noche en que dejé la iglesia era una noche de tormenta, esas terribles tormentas que dejan inundadas las ciudades, sobre todo la de buenos aires. Con el ruido del agua que caía sobre el techo de chapa del convento, y con el fuerte viento que soplaba, el cura aprovechó y ni les dijo a las monjas quien era yo. Me dejó ahí nomás, y salió rajando del lugar para no tener que dar ninguna explicación al respecto. Jamás volví a tener noticias del cura, ni siquiera el barrio, ya que después de mí parece que cayeron varios niños más a la iglesia, pero esta vez con sus respectivas madres reclamando la cuota de alimentos.
Con las monjas no me fue tan mal ya que estuve en ese lugar durante mucho más tiempo que en los anteriores. De esos años tengo muy buenos recuerdos, las hermanas me cuidaban muy bien y me daban todo ese cariño que no me había dado nadie hasta ese momento. Las primeras semanas, hasta que aprendí a caminar estaban todas pendientes de mí para asegurarse que no me falte nada, luego ya me dijeron que me las tenía que arreglar solito. Recuerdo con mucho cariño a Sor Teresa, Sor María, Sor Dísima, Sor Tija, Sor Juana y otras que ya no recuerdo sus nombres. Pero había una que jamás me llevó el apunte, ni me miraba y nunca entendí por qué: Sor Etel.
Allí, aprendí a tejer, a bordar, a amasar el pan, a hacer los tallarines, los capelettis, en fin, todo lo que respecta a alimentación. Por suerte por esos tiempos la comida nunca me faltó, siempre había gran variedad y sobre todo abundancia. Pero lo que me cansaba un poco eran las facturas, siempre las mismas, las monjas enloquecían por las bolas de fraile, y te las metían hasta en la sopa.
Cuando ya tenía doce años hubo un gran giro en nuestras vidas, sobre todo en la mía, en la que tuve que vivir un difícil momento que quedó grabado a fuego en mi memoria. Una tarde estaba en el baño haciendo una pichona y cuando la estaba como se dice vulgarmente “sacudiéndola” entra una de las monjas... ¡Madre mía! Qué escándalo se armó cuando me vio. Recién ahí se dieron cuenta que yo era varón. Pobres hermanitas qué frustración, pero al menos allí pude entender porqué todas las monjas usan anteojos: Porque no ven un pito. Aunque el mío lo vieron, después de mucho tiempo pero lo vieron. Ahí nomás las monjas me llevaron de raje al asilo de varones, que a diferencia del cura ellas sí encontraron un lugar para mí. Ni me preguntaron si me quería mudar, me llevaron sin siquiera poder juntar mis cosas, me echaron cual delincuente.
No se imaginan el recibimiento que me hicieron los chicos de ese lugar. Hubo un gran revuelo entre ellos, y no era para menos, yo estaba vestido con unos cancanes blancos, unas polleritas a mitad de la rodilla, una polerita ajustada... Algunos se dieron cuenta enseguida que yo era un varón, pero otros no, sobre todo los más grandecitos que me miraban con mucho cariño haciéndome guiños de ojo y tirándome besitos. En mi nuevo hogar fue como volver a empezar. Tuve que aprender muchas cosas nuevas, como por ejemplo los partidos de fútbol que nunca llegué a entender pero al menos se me hacía un poco más divertido que saltar la soga y jugar al elástico. De a poco aquellos jóvenes también se fueron dando cuenta que ya era uno más de ellos y me dejaron de acosar, al menos todos los días.
Un día, mientras comía unas mandarinas bajo un peral, me dijeron que mi mamá me estaba buscando. Fue unos de los días más felices de mi vida. El problema que se desato cuando estuve frente a frente con ella fue que cuando me vio lo primero que dijo fue: - ¡Este no es mi hijo! - Cuarenta y cinco minutos tardaron en hacerle entender que yo había crecido un poquito. Ya tenía mis dieciocho años recién cumplidos.
Así fue que luego de tantos años volví a mi casa, que nunca fue mi casa, pero al menos era mi hogar. Allí me llevé una gran sorpresa cuando entré, ya que conocí a todos mis hermanos, eran como diez o doce. Nunca los pude terminar de conocer a todos. Y para festejar nuestro reencuentro familiar nos fuimos con cuatro de mis hermanos, que eran más grandes que yo, a una cena show en un restaurante Árabe. Después llegaron mis padres... Raúl, Alejandro y José Luís, ahí por fin los pude conocer. Fue una gran fiesta, lo que se dice una fiesta inolvidable. Uno de mis hermanos, que no me acuerdo bien como se llamaba me preguntó si yo alguna vez había estado con alguna mujer en una cama, y yo obviamente le dije que no. Entonces decidieron entre todos darme la bienvenida a la familia y me ayudaron a debutar sexualmente… con una mujer. Le pidieron al mozo que traiga a las mejores chicas del lugar y éste así lo hizo. Estábamos todos sentados, las mujeres pasaban desfilando delante nuestro, y cada uno debía elegir a la que más le gustaba y se la llevaba para las habitaciones que el lugar tenía para los clientes que requerían de este servicio. Yo como era nuevo en el asunto esperé que mis hermanos lo hagan primero, además quería ser agradecido y me pareció prudente esperar. El sistema era el siguiente, no elegía a una mujer, y la destapaba para saber con quién iría a la cama sin llevarse ninguna sorpresa, y estaba bueno porque uno tiene que saber qué es lo que está pagando. ¡Era una más hermosa que la otra! Y yo estaba muy nervioso por ello. Por suerte, cuando llegó mi momento ni mis hermanos ni mis padres estaban allí. La última mujer se acercó a mí haciendo unos movimientos muy sensuales y entonces a destapé... ¡Mamita! ¡Qué fiera que era la negra que me tocó! Le faltaban un par de dientes, era vizcacha, gorda, las tenía a todas en contra. Claro, que con tantos trapos que tenía encima jamás me iba a imaginar semejante cosa. Pero bueno, ya estaba ahí, y no iba a quedar mal con mi familia. Igual estuvo linda la cosa, yo creo que fue un muy buen debut. ¡Y bueno! Pasó todo lo que tenía que pasar y me despedí de ella con un besito en la mejilla. Cuando entro al salón, lo primero que hago es comenzar a buscar a los míos, miré para todos lados para ver si encontraba a uno de mis hermanos pero no vi a nadie. Cuando intenté irme del local me frena un gordo grandote y me dice que no iba a salir de allí hasta que no pagara todo lo que había se consumido, incluso las mujeres. Yo no tenía un centavo partido al medio y los demás habían desaparecido como por arte de magia diciendo que yo iba a hacerme cargo de la cuenta. El dueño del lugar me dijo amenazante: - Mira pibe, o te quedas trabajando acá hasta que saldes tu cuenta, o vas en cana. Al escuchar la posibilidad de ir en cana automáticamente recordé mi llegada al asilo y preferí quedarme a trabajar ahí. Tres meses me tuvieron lavando platos, limpiando el baño, haciendo todo tipo de actividades a cambio de pan y agua. También tuve que hacerle de novio a la gordita con la que debuté. Logré salir gracias a una gran idea que tuve que me permitió escapar de allí, ya que si no lo hacía quién sabe hasta cuando iba a estar preso en ese lugar. Esa tarde le pedí permiso al turco para ir a comprar cigarrillos, y como él también tenía que comprar, me dejó salir hasta el kiosco. Jamás volví a pasar ni siquiera por la puerta de ese boliche. ¡Yo no se como el turco no se dio cuenta que yo me iba a fugar, si yo no fumaba!
Luego de esos meses tan desafortunados volví a casa, y mi mamá me dijo que el departamento era muy chico, que no había lugar para todos, y que bueno, que yo ya estaba grandecito y era hora de independizarme… Pobre mamá, algo de razón tenía, ella ya no me iba a poder atender más. Decidimos de común acuerdo que me vaya a lo de mi abuela. Una porque nadie se la bancaba y otra porque seguramente la vieja iba a querer conocerme, y se iba a poner muy contenta con eso, y además yo iba a estar muy pero muy bien con ella. Nada de lo que planeamos sucedió. La vieja cada tanto intentaba sacarme de su casa a los tiros diciéndome que era un ladrón que había entrado por la ventana. Pero de a poco me fue reconociendo, no como nieto, sino como un ladrón que la visitaba más seguido que su propia familia. Pese a todo esto yo le fui tomando mucho cariño. ¡Pobre vieja! A los pocos meses de estar con ella se me fue al más allá. La vida parecía haberme regalado ese tiempo para conocerla, pero de la misma manera me la había sacado. Recuerdo como si fuese hoy aquel fatídico momento, y no me voy a olvidar jamás sus últimas palabras: - ¡No me sueltes pedazo de pelotudo!- Veníamos bajando las escaleras, estábamos en el cuarto piso del edificio y… Cuando su cuerpo llegó a planta baja ya no había más nada que hacer. Al menos los camilleros cuando se la llevaron no me cobraron el extra por escaleras.
Por un lado me vino bien que la vieja se haya ido con los ángeles porque me quedé a vivir yo sólo en su casa y además ya no tenía que esquivar sus disparos. Con el tiempo conseguí un buen trabajo, conocí a una chica con la cual estuve de novio más de un año. Con el tiempo, nos casamos, éramos lo que se dice una parejita feliz. Vivíamos modestamente en ese mono ambiente de Lugano, mi sueldo no era mucho, pero al menos comíamos todos los días. Todo venía bárbaro hasta que desgraciadamente me echaron del laburo. Yo trabajaba de noche, desde las nueve hasta las seis de la mañana, de lunes a lunes con un franco cada quince días. Ese día llegué a casa a las doce y media de la noche, y obviamente ella no me esperaba, y me encontré con la sorpresa. Estaba en mi cama con otro hombre. Fue un golpe muy duro el que recibí, el flaco practicaba boxeo y me dos terribles piñas antes de que me anime a decirles algo. Y lo hizo por las dudas a que yo intente alguna locura. Ella descaradamente y en mi propia cara me dijo que ya estaba cansada de pasar hambre conmigo y que se merecía otra cosa. Y yo no sé si fueron las piñas del morocho lo que me hizo darle la razón. Lo peor fue cuando me dijo que se iba a vivir con él, porque él sí la atendía como ella se merecía, hasta la había anotado en la obra social y todo. Yo estaba en la lona, quebrado, totalmente abatido, y encima sin un mango. Quise irme con ellos, pero no me dejaron.
Luego de esto caí en un pozo, tuve fractura de tibia y peroné. Tres meses de yeso me mantuvieron inactivo. Pero no todo era negro en la vida, también había negras. La vida me cambió por completo cuando conocí a Jennifer. ¡Una morocha increíble! Salimos unos meses para ver que onda e inmediatamente nos fuimos a vivir juntos. Otra vez el trabajo volvía a interferir en mis relaciones amorosas. Ya que a poco de convivir debimos separarnos por cuestiones laborales. Tuve que irme por dos años al exterior y se me hacía muy difícil y muy caro volver al país. ¡La extrañaba como a nadie en el mundo! Le escribía e-mails todos los días, ¡y ella me contestaba con tanto amor! Éramos dos en uno, un verdadero wash & go. Cuando faltaba una semana para que se cumpliera el año de estar separados, ella me envió un mensaje que cambió mi vida para siempre. Jennifer estaba embarazada. Eso para mí fue un balde de agua fría. Hacía tanto que no nos veíamos, y yo no me sentía preparado para ser padre, pero lo era. Estaba tan lejos de ellos. Hice lo imposible para que me trasladen nuevamente al país, pero debía cumplir con mi contrato. Por suerte llegó el gran día en el que emprendí mi regreso a casa. Cuando volví, en un primer momento me di cuenta que las cosas ya no eran como antes. Jennifer se había teñido de rubio. Tuvimos algunos problemitas que por desgracia no pudimos resolver. Ella había traído a vivir a un primo segundo de ella y la verdad que la convivencia en ese mono ambiente se tornaba insoportable, además su primo aún no había encontrado trabajo y estaba todo el día allí sin hacer nada. Para colmo ella ya no me miraba con el mismo amor que antes, sino todo lo contrario. Tuve ciertas sospechas sobre si él era primo o no de ella, pero con sólo mirarlo a mi pequeño hijito me quitaba cualquier duda. Eran muy parecidos, lo que indicaba que había un parentesco entre los dos, y al menos me quedé tranquilo que Jennifer a pesar de que ya no me quería, no me había mentido. No pude aguantar seguir viviendo en esas condiciones, y a pesar que fue muy duro para mí tomar una medida, a la semana decidí separarme. Lo lamenté mucho por Marquitos, pobrecito el tan inocente no tenía la culpa de nada. Y es por eso que para demostrarle que yo era un buen padre le dejé la casa, para que tenga lo que yo no tuve de niño.
Ahora estoy alquilando una piecita en Constitución, porque para más no me alcanza. Aparte le tengo que pasar a Jennifer la manutención del nene, aunque no me lo deje ver. Pero no me importa, yo sé que cuando Marcos sea un hombre va a saber que tiene un buen padre.
Y bueno ahora estoy acá. Tratando una vez más de empezar de nuevo, esperando ese golpe de suerte que me ayude a salir adelante. Y estoy a punto de comenzar a hacer terapia. Me costó un poquito decidirme a hacer esto, más que nada por la plata. Pero acabo de pedir un crédito en una financiera del barrio, porque conseguí un lugar dónde me dijeron podía pagar diez meses adelantados y después me olvidaba... ¡Muy simpática la chica que me atendió! Ya le deposité la plata. La secretaria me dijo que entre al consultorio y lo espere al doctor hasta que me atienda. Que no me asuste si entro y no me mira, ni me saluda ni nada, ya que él acostumbra a meditar antes de comenzar una sesión. El tema es que ya hace como dos horas que estoy frente a él y me parece que ni respira, el tipo está como dormido mirando fijo hacia arriba con los ojos abiertos. Si no hubiese pagado ya no estaría en este lugar esperando que este tipo me atienda. Encima tiene en la mitad del consultorio un cuchillo como lleno de sangre no sé qué significa. Si me disculpan acaba de sonar el timbre, dicen que son de la policía. Mejor voy a sacar este cuchillo de acá a ver si todavía me meto en algún lío. Voy a abrir la puerta para ver si logro que con algún oficial de por medio este tipo me atiende de una buena vez. Porque estoy seguro que de acá en adelante la suerte va a estar de mi lado, porque creo que es lo que necesito. Aunque sea un poco de suerte.
El Tano de la heladería ya no sabía más que hacer conmigo, averiguó por todos lados pero nadie conocía a mi mamá. El vivía sólo ahí en el mismo local, y trabajaba de la mañana a la noche. Y aparte era tan amarrete, que por no querer pagar empleados, hacía el helado, lo servía, lo cobraba, y en varias oportunidades lo entregaba a domicilio haciéndome a mí cargo del negocio con las responsabilidades que eso implicaba para un niño tan pequeño como yo. Nunca se animó a correr el cochecito de al lado de la vidriera porque no sabía cómo destrabar las rueditas, además porque estando yo ahí al menos la gente se paraba un rato en la vidriera para observarme como si fuera un cachorrito en venta en una veterinaria. El pobre me mantuvo a helado todo ese tiempo, lo dejaba derretir al sol y me lo ponía en la mamadera, aunque a veces se le complicaba los días nublados, pero igual no se hacía demasiado problema si comía o no. Ese fue mi único alimento en ese entonces, de gustos variados, pero muy aburrido. Yo a pesar de que era muy chiquito ya me daba cuenta de las cosas. Y era muy feo para mí estar pasando por eso. El helado caliente era horrible.
Pasaron los calurosos días de verano y el sol del medio día dejó de derretirme los ojos, los primeros fríos del otoño fueron apareciendo. El Tano tuvo que cerrar heladería y tenía que dejarme ir. Él estaba todo el verano acá y en invierno se iba a trabajar a Italia, porque allá, no sólo tenía otra heladería, sino que también tenía a toda su familia. El tema era que no me podía llevar con él, porque decía que su mujer no le iba a creer que me dejaron olvidado una tarde cualquiera, la mina se iba a creer que yo era su hijo, y entonces para no tener problemas con la bruja me llevó a la iglesia del barrio, desapareciendo de mi vida para siempre.
Allí, en la iglesia, estuve solo dos semanas. Durante esos catorce días el cura trató de conseguirme un lugar en el asilo de varones pero le fue imposible, no había una sola cama libre en todos los centros de la ciudad y tenerme allí con él le ocasionaba muchos problemas. Parece que era algo picaron con las solteronas, y no con una, sino con todas las que se iban a confesar con la pollera por encima de la falda. Y se andaba diciendo que yo era hijo suyo, producto de una de sus tantas aventuras amorosas. Durante la misa, para no levantar sospechas me daba una mamadera de vino de misa y dormía durante varias horas seguidas. Lo peor de esta situación es que él no tenía manera de defenderse a semejante acusación se lavó las manos como Poncio Pilatos llevándome en cuanto pudo al convento de las monjas para que ellas se hagan cargo de mi inocente infancia. Me acuerdo que la noche en que dejé la iglesia era una noche de tormenta, esas terribles tormentas que dejan inundadas las ciudades, sobre todo la de buenos aires. Con el ruido del agua que caía sobre el techo de chapa del convento, y con el fuerte viento que soplaba, el cura aprovechó y ni les dijo a las monjas quien era yo. Me dejó ahí nomás, y salió rajando del lugar para no tener que dar ninguna explicación al respecto. Jamás volví a tener noticias del cura, ni siquiera el barrio, ya que después de mí parece que cayeron varios niños más a la iglesia, pero esta vez con sus respectivas madres reclamando la cuota de alimentos.
Con las monjas no me fue tan mal ya que estuve en ese lugar durante mucho más tiempo que en los anteriores. De esos años tengo muy buenos recuerdos, las hermanas me cuidaban muy bien y me daban todo ese cariño que no me había dado nadie hasta ese momento. Las primeras semanas, hasta que aprendí a caminar estaban todas pendientes de mí para asegurarse que no me falte nada, luego ya me dijeron que me las tenía que arreglar solito. Recuerdo con mucho cariño a Sor Teresa, Sor María, Sor Dísima, Sor Tija, Sor Juana y otras que ya no recuerdo sus nombres. Pero había una que jamás me llevó el apunte, ni me miraba y nunca entendí por qué: Sor Etel.
Allí, aprendí a tejer, a bordar, a amasar el pan, a hacer los tallarines, los capelettis, en fin, todo lo que respecta a alimentación. Por suerte por esos tiempos la comida nunca me faltó, siempre había gran variedad y sobre todo abundancia. Pero lo que me cansaba un poco eran las facturas, siempre las mismas, las monjas enloquecían por las bolas de fraile, y te las metían hasta en la sopa.
Cuando ya tenía doce años hubo un gran giro en nuestras vidas, sobre todo en la mía, en la que tuve que vivir un difícil momento que quedó grabado a fuego en mi memoria. Una tarde estaba en el baño haciendo una pichona y cuando la estaba como se dice vulgarmente “sacudiéndola” entra una de las monjas... ¡Madre mía! Qué escándalo se armó cuando me vio. Recién ahí se dieron cuenta que yo era varón. Pobres hermanitas qué frustración, pero al menos allí pude entender porqué todas las monjas usan anteojos: Porque no ven un pito. Aunque el mío lo vieron, después de mucho tiempo pero lo vieron. Ahí nomás las monjas me llevaron de raje al asilo de varones, que a diferencia del cura ellas sí encontraron un lugar para mí. Ni me preguntaron si me quería mudar, me llevaron sin siquiera poder juntar mis cosas, me echaron cual delincuente.
No se imaginan el recibimiento que me hicieron los chicos de ese lugar. Hubo un gran revuelo entre ellos, y no era para menos, yo estaba vestido con unos cancanes blancos, unas polleritas a mitad de la rodilla, una polerita ajustada... Algunos se dieron cuenta enseguida que yo era un varón, pero otros no, sobre todo los más grandecitos que me miraban con mucho cariño haciéndome guiños de ojo y tirándome besitos. En mi nuevo hogar fue como volver a empezar. Tuve que aprender muchas cosas nuevas, como por ejemplo los partidos de fútbol que nunca llegué a entender pero al menos se me hacía un poco más divertido que saltar la soga y jugar al elástico. De a poco aquellos jóvenes también se fueron dando cuenta que ya era uno más de ellos y me dejaron de acosar, al menos todos los días.
Un día, mientras comía unas mandarinas bajo un peral, me dijeron que mi mamá me estaba buscando. Fue unos de los días más felices de mi vida. El problema que se desato cuando estuve frente a frente con ella fue que cuando me vio lo primero que dijo fue: - ¡Este no es mi hijo! - Cuarenta y cinco minutos tardaron en hacerle entender que yo había crecido un poquito. Ya tenía mis dieciocho años recién cumplidos.
Así fue que luego de tantos años volví a mi casa, que nunca fue mi casa, pero al menos era mi hogar. Allí me llevé una gran sorpresa cuando entré, ya que conocí a todos mis hermanos, eran como diez o doce. Nunca los pude terminar de conocer a todos. Y para festejar nuestro reencuentro familiar nos fuimos con cuatro de mis hermanos, que eran más grandes que yo, a una cena show en un restaurante Árabe. Después llegaron mis padres... Raúl, Alejandro y José Luís, ahí por fin los pude conocer. Fue una gran fiesta, lo que se dice una fiesta inolvidable. Uno de mis hermanos, que no me acuerdo bien como se llamaba me preguntó si yo alguna vez había estado con alguna mujer en una cama, y yo obviamente le dije que no. Entonces decidieron entre todos darme la bienvenida a la familia y me ayudaron a debutar sexualmente… con una mujer. Le pidieron al mozo que traiga a las mejores chicas del lugar y éste así lo hizo. Estábamos todos sentados, las mujeres pasaban desfilando delante nuestro, y cada uno debía elegir a la que más le gustaba y se la llevaba para las habitaciones que el lugar tenía para los clientes que requerían de este servicio. Yo como era nuevo en el asunto esperé que mis hermanos lo hagan primero, además quería ser agradecido y me pareció prudente esperar. El sistema era el siguiente, no elegía a una mujer, y la destapaba para saber con quién iría a la cama sin llevarse ninguna sorpresa, y estaba bueno porque uno tiene que saber qué es lo que está pagando. ¡Era una más hermosa que la otra! Y yo estaba muy nervioso por ello. Por suerte, cuando llegó mi momento ni mis hermanos ni mis padres estaban allí. La última mujer se acercó a mí haciendo unos movimientos muy sensuales y entonces a destapé... ¡Mamita! ¡Qué fiera que era la negra que me tocó! Le faltaban un par de dientes, era vizcacha, gorda, las tenía a todas en contra. Claro, que con tantos trapos que tenía encima jamás me iba a imaginar semejante cosa. Pero bueno, ya estaba ahí, y no iba a quedar mal con mi familia. Igual estuvo linda la cosa, yo creo que fue un muy buen debut. ¡Y bueno! Pasó todo lo que tenía que pasar y me despedí de ella con un besito en la mejilla. Cuando entro al salón, lo primero que hago es comenzar a buscar a los míos, miré para todos lados para ver si encontraba a uno de mis hermanos pero no vi a nadie. Cuando intenté irme del local me frena un gordo grandote y me dice que no iba a salir de allí hasta que no pagara todo lo que había se consumido, incluso las mujeres. Yo no tenía un centavo partido al medio y los demás habían desaparecido como por arte de magia diciendo que yo iba a hacerme cargo de la cuenta. El dueño del lugar me dijo amenazante: - Mira pibe, o te quedas trabajando acá hasta que saldes tu cuenta, o vas en cana. Al escuchar la posibilidad de ir en cana automáticamente recordé mi llegada al asilo y preferí quedarme a trabajar ahí. Tres meses me tuvieron lavando platos, limpiando el baño, haciendo todo tipo de actividades a cambio de pan y agua. También tuve que hacerle de novio a la gordita con la que debuté. Logré salir gracias a una gran idea que tuve que me permitió escapar de allí, ya que si no lo hacía quién sabe hasta cuando iba a estar preso en ese lugar. Esa tarde le pedí permiso al turco para ir a comprar cigarrillos, y como él también tenía que comprar, me dejó salir hasta el kiosco. Jamás volví a pasar ni siquiera por la puerta de ese boliche. ¡Yo no se como el turco no se dio cuenta que yo me iba a fugar, si yo no fumaba!
Luego de esos meses tan desafortunados volví a casa, y mi mamá me dijo que el departamento era muy chico, que no había lugar para todos, y que bueno, que yo ya estaba grandecito y era hora de independizarme… Pobre mamá, algo de razón tenía, ella ya no me iba a poder atender más. Decidimos de común acuerdo que me vaya a lo de mi abuela. Una porque nadie se la bancaba y otra porque seguramente la vieja iba a querer conocerme, y se iba a poner muy contenta con eso, y además yo iba a estar muy pero muy bien con ella. Nada de lo que planeamos sucedió. La vieja cada tanto intentaba sacarme de su casa a los tiros diciéndome que era un ladrón que había entrado por la ventana. Pero de a poco me fue reconociendo, no como nieto, sino como un ladrón que la visitaba más seguido que su propia familia. Pese a todo esto yo le fui tomando mucho cariño. ¡Pobre vieja! A los pocos meses de estar con ella se me fue al más allá. La vida parecía haberme regalado ese tiempo para conocerla, pero de la misma manera me la había sacado. Recuerdo como si fuese hoy aquel fatídico momento, y no me voy a olvidar jamás sus últimas palabras: - ¡No me sueltes pedazo de pelotudo!- Veníamos bajando las escaleras, estábamos en el cuarto piso del edificio y… Cuando su cuerpo llegó a planta baja ya no había más nada que hacer. Al menos los camilleros cuando se la llevaron no me cobraron el extra por escaleras.
Por un lado me vino bien que la vieja se haya ido con los ángeles porque me quedé a vivir yo sólo en su casa y además ya no tenía que esquivar sus disparos. Con el tiempo conseguí un buen trabajo, conocí a una chica con la cual estuve de novio más de un año. Con el tiempo, nos casamos, éramos lo que se dice una parejita feliz. Vivíamos modestamente en ese mono ambiente de Lugano, mi sueldo no era mucho, pero al menos comíamos todos los días. Todo venía bárbaro hasta que desgraciadamente me echaron del laburo. Yo trabajaba de noche, desde las nueve hasta las seis de la mañana, de lunes a lunes con un franco cada quince días. Ese día llegué a casa a las doce y media de la noche, y obviamente ella no me esperaba, y me encontré con la sorpresa. Estaba en mi cama con otro hombre. Fue un golpe muy duro el que recibí, el flaco practicaba boxeo y me dos terribles piñas antes de que me anime a decirles algo. Y lo hizo por las dudas a que yo intente alguna locura. Ella descaradamente y en mi propia cara me dijo que ya estaba cansada de pasar hambre conmigo y que se merecía otra cosa. Y yo no sé si fueron las piñas del morocho lo que me hizo darle la razón. Lo peor fue cuando me dijo que se iba a vivir con él, porque él sí la atendía como ella se merecía, hasta la había anotado en la obra social y todo. Yo estaba en la lona, quebrado, totalmente abatido, y encima sin un mango. Quise irme con ellos, pero no me dejaron.
Luego de esto caí en un pozo, tuve fractura de tibia y peroné. Tres meses de yeso me mantuvieron inactivo. Pero no todo era negro en la vida, también había negras. La vida me cambió por completo cuando conocí a Jennifer. ¡Una morocha increíble! Salimos unos meses para ver que onda e inmediatamente nos fuimos a vivir juntos. Otra vez el trabajo volvía a interferir en mis relaciones amorosas. Ya que a poco de convivir debimos separarnos por cuestiones laborales. Tuve que irme por dos años al exterior y se me hacía muy difícil y muy caro volver al país. ¡La extrañaba como a nadie en el mundo! Le escribía e-mails todos los días, ¡y ella me contestaba con tanto amor! Éramos dos en uno, un verdadero wash & go. Cuando faltaba una semana para que se cumpliera el año de estar separados, ella me envió un mensaje que cambió mi vida para siempre. Jennifer estaba embarazada. Eso para mí fue un balde de agua fría. Hacía tanto que no nos veíamos, y yo no me sentía preparado para ser padre, pero lo era. Estaba tan lejos de ellos. Hice lo imposible para que me trasladen nuevamente al país, pero debía cumplir con mi contrato. Por suerte llegó el gran día en el que emprendí mi regreso a casa. Cuando volví, en un primer momento me di cuenta que las cosas ya no eran como antes. Jennifer se había teñido de rubio. Tuvimos algunos problemitas que por desgracia no pudimos resolver. Ella había traído a vivir a un primo segundo de ella y la verdad que la convivencia en ese mono ambiente se tornaba insoportable, además su primo aún no había encontrado trabajo y estaba todo el día allí sin hacer nada. Para colmo ella ya no me miraba con el mismo amor que antes, sino todo lo contrario. Tuve ciertas sospechas sobre si él era primo o no de ella, pero con sólo mirarlo a mi pequeño hijito me quitaba cualquier duda. Eran muy parecidos, lo que indicaba que había un parentesco entre los dos, y al menos me quedé tranquilo que Jennifer a pesar de que ya no me quería, no me había mentido. No pude aguantar seguir viviendo en esas condiciones, y a pesar que fue muy duro para mí tomar una medida, a la semana decidí separarme. Lo lamenté mucho por Marquitos, pobrecito el tan inocente no tenía la culpa de nada. Y es por eso que para demostrarle que yo era un buen padre le dejé la casa, para que tenga lo que yo no tuve de niño.
Ahora estoy alquilando una piecita en Constitución, porque para más no me alcanza. Aparte le tengo que pasar a Jennifer la manutención del nene, aunque no me lo deje ver. Pero no me importa, yo sé que cuando Marcos sea un hombre va a saber que tiene un buen padre.
Y bueno ahora estoy acá. Tratando una vez más de empezar de nuevo, esperando ese golpe de suerte que me ayude a salir adelante. Y estoy a punto de comenzar a hacer terapia. Me costó un poquito decidirme a hacer esto, más que nada por la plata. Pero acabo de pedir un crédito en una financiera del barrio, porque conseguí un lugar dónde me dijeron podía pagar diez meses adelantados y después me olvidaba... ¡Muy simpática la chica que me atendió! Ya le deposité la plata. La secretaria me dijo que entre al consultorio y lo espere al doctor hasta que me atienda. Que no me asuste si entro y no me mira, ni me saluda ni nada, ya que él acostumbra a meditar antes de comenzar una sesión. El tema es que ya hace como dos horas que estoy frente a él y me parece que ni respira, el tipo está como dormido mirando fijo hacia arriba con los ojos abiertos. Si no hubiese pagado ya no estaría en este lugar esperando que este tipo me atienda. Encima tiene en la mitad del consultorio un cuchillo como lleno de sangre no sé qué significa. Si me disculpan acaba de sonar el timbre, dicen que son de la policía. Mejor voy a sacar este cuchillo de acá a ver si todavía me meto en algún lío. Voy a abrir la puerta para ver si logro que con algún oficial de por medio este tipo me atiende de una buena vez. Porque estoy seguro que de acá en adelante la suerte va a estar de mi lado, porque creo que es lo que necesito. Aunque sea un poco de suerte.
viernes, 16 de octubre de 2009
Francisquito
Francisquito miraba con asombro a su abuelo, y lo miraba sin entender por qué estaba preparando ese pequeño bolso con solo algunas cosas. ¿Se irá a pescar? - se preguntaba - ¡Qué raro que el abu no me dejó que lo ayude a sacar lombrices como siempre! Ni siquiera me dejó jugar con él hoy a la mañana. ¿Estará enojado conmigo?- Una pregunta tras otra le iban pasando por su cabecita mientras trataba de no hacer ruido y en una posición bastante incómoda entre medio de las perchas y los zapatos que amenazaban con descubrirlo. Francisquito se había escondido en el ropero para tratar de entender el por qué de la actitud de ese hombre arrugado que para él su mejor y único amigo. Ese hombre que le había enseñado que los hombres no lloran, y a quien Francisquito veía por la hendidura de la vieja puerta del mueble, que desde uno de los ojos de su abuelo caía una lágrima que recorría su mejilla con dificultad, perdiéndose entre las canaletas formadas en su piel de tantos años de rústica vida.
Don Francisco solo había derramado hasta ese momento una sola lágrima en lo que iba de su larga existencia, y esto se produjo 37 años atrás cuando nació su hijo Alfredo. Pero eso Francisquito no lo sabía, y trataba de contener la emoción que lo invadía mientras veía a su abuelo que se preparaba para ir a algún lado que él desconocía, y trataba de no llorar para ser un gran hombre como le había dicho a su abuelo que sería cuando crezca. Él había prometido a Don Francisco no llorar nunca más. Eso era algo muy difícil a su edad, porque por más fuerzas que hacía para evitarlo no lograba frenar ese torrente de sentimientos, emociones y sensaciones que sin saberlo se transformaban en lágrimas de cocodrilo, como le decía justamente su tan querido abuelo.
Francisquito lo vio por última vez en su propia habitación desde adentro del ropero mientras su abuelo estaba a punto de abrirla, y él con un silencioso movimiento logró taparse con una vieja bufanda de lana que colgaba de una de las tantas perchas que sostenían sacos con aroma a naftalina. Lo salvó el sonido del timbre y se quedó quieto allí adentro por un largo rato hasta que no volvió a escuchar nada en la habitación. Como pudo y cuando pudo salió apresurado de allí sin que nadie logre descubrirlo.
Francisquito esa noche y los días que le sucedieron no volvió a ver a Don Francisco. Alfredo su padre, esperaba el momento preciso para poder explicarle a su pequeño hijito lo sucedido, de una manera que el niño logre entender todo sin salir lastimado. Y ese momento llegó cuando la familia estaba por sentarse a la mesa a cenar y a mirar la telenovela de la noche. Francisquito dejaba enfriar su milanesa con puré y tardaba en pedir a su madre que le llenara su vasito de Winnie Poh con su gaseosa preferida como de costumbre.
¿Y el abu cuándo viene pa? Tengo que mostrarle como aprendí a sacarme el dedo. Y haciendo un truco con ambas manos mostraba a sus padres que lo miraban asombrados como su pequeño hijo hacía a la perfección el truco que Alfredo jamás pudo aprender de su padre. Alfredo y su mujer se miraron, y con un gesto ella le cedió el lugar para que hable por primera vez con su hijo de hombre a hombre. El silencio le dio lugar a las miradas, y las desconcertadas miradas del matrimonio le dio lugar a la inocencia de un niño que supo cómo llenar ese silencio con palabras - ¿Vos lo podés hacer pa?- Pregunto Francisquito loco de alegría -El abu es un genio. Cuando venga le voy a pedir que me enseñe a mover las orejas- Y movía la cabeza tratando de que le salga ese movimiento tan gracioso que lo hacía reír tanto cada vez don Francisco se lo mostraba. Alfredo no sabía como comenzar a explicarle a su hijo la verdad sobre su tan querido abu.
-Hoy si vuelve yo le voy a…- Francisquito parecía comenzar a entender que algo no estaba bien. Supo leer a la perfección el cobarde silencio de sus padres. Alfredo no sabía por dónde comenzar, él no quería lastimar a su pequeño hijito, pero no encontraba la manera de encarar esa tan difícil situación. Respiró hondo y tomó coraje para comenzar a hablar - El abuelo no va a vivir más con nosotros... – Le dijo a su hijo con una voz que se iba quebrando en cada sílaba. La cara de Francisquito asustaba a un Alfredo que continuaba cruzando miradas con su mujer tratando de buscar las mejores palabras para que su hijo comprendiera la situación. - El abuelo se mudó.... es un lugar grande con jardín con muchas flores…- Al abu le gustan mucho los jazmines – Dijo inocentemente Francisquito- ¡Claro! Contestó Alfredo un poco más relajado al ver que su hijo estaba muy atento a lo que él le decía. Los padres del Francisquito trataban de llevar con mucha cautela la adulta charla que mantenían con su hijo prestando mucha atención a cada reacción de su pequeño y único hijo. -Noooo. ¡El Abu no se fue!- exclamó Francisquito con mucha seguridad -¡Si no se llevó la cama, ni la foto de la señora del cuadro!- Alfredo lo miró con cierta ternura, con cierto alivio. - ¡Y no! Porque dónde está tiene una cama nueva, mucho más cómoda- Francisquito parecía no estar convencido al escuchar la respuesta de sus padres y fruncía el ceño como si estuviera muy enojado con ellos. -Hijo, es hora de cómo padre te explique algunas cosas de la vida- Francisquito lo miraba extrañado, ya que su padre nunca le había hablado de esa forma. Muy atento decidió seguir escuchando sus palabras.
-Hijo cuando uno llega a cierta edad como la que tiene el abuelo, ya no puede vivir como cualquier otra persona normal, como mamá, como papá, o como vos. Él necesita otros cuidados, otras atenciones que nosotros no se la podemos dar. -¿Está enfermo?- Pregunto Francisquito -De alguna manera sí- agregó su padre mirando a su mujer. - Entonces tiene que estar en un lugar donde lo sepan cuidar, donde le den la comida que tiene que comer, donde le den todo lo que necesita… -Yo lo quiero, yo lo cuido- interrumpió el niño poco convencido -Sí hijo- Retomó Alfredo- Pero esto no es cuestión de amor. Tu madre y yo ya tenemos demasiado trabajo, y vos sos muy chiquito como para hacerte cargo de él. Pero no te preocupes que donde está ahora lo vamos a ir a visitar muy seguido, yo te lo prometo. Además, todos los abuelos van a ese lugar, es mejor para ellos - ¡Todos los abuelos!- exclamó Francisquito - Sí hijito, todos los abuelos- le contestó su padre aliviado al ver que el niño comenzaba a cambiar de actitud. Francisquito parecía haber entendido a la perfección que esto era lo mejor para Don Francisco, movía su cabeza acusando un gesto positivo -¿Y las abuelas también? -Agregó el niño - Las abuelas también- Contestó Alfredo sonriendo, mientras acariciaba el brazo su hijito - Bueno, si es mejor, es mejor- concluyó Francisquito convencido, mientras levantaba su vasito de Winnie Poh para que le sirvan un poco de gaseosa. Tomó en silencio y comió algunos bocados de milanesa. Luego de un instante miró tiernamente a sus padres y les dijo muy seguro de sí mismo:
- Yo cuando tenga un hijo y sea grande como ustedes, los voy a llevar a lo del abu, así pueden estar tan bien como él- Alfredo y su mujer no pudieron digerir las palabras de su pequeño hijito, y quedaron en silencio, viendo al niño mientras comía y tarareaba la melodía de una publicidad de yogur que pasaban por la tele.
Ellos le habían dado una lección de vida a su hijo la cual francisquito había sabido entender a la perfección. Ninguno de los dos supo cómo resolver esa difícil situación en la que se veían envuelto. La mujer de Alfredo se limitó a decirle a su marido que a una madre no se le podía hacer eso y siguió comiendo su milanesa casi sin preocupación. Alfredo al igual que con su padre no se animaba a mirar a su hijo a los ojos. Francisquito esta vez no pidió postre y se durmió en la silla mirando hacia la habitación de su abuelo.
Don Francisco solo había derramado hasta ese momento una sola lágrima en lo que iba de su larga existencia, y esto se produjo 37 años atrás cuando nació su hijo Alfredo. Pero eso Francisquito no lo sabía, y trataba de contener la emoción que lo invadía mientras veía a su abuelo que se preparaba para ir a algún lado que él desconocía, y trataba de no llorar para ser un gran hombre como le había dicho a su abuelo que sería cuando crezca. Él había prometido a Don Francisco no llorar nunca más. Eso era algo muy difícil a su edad, porque por más fuerzas que hacía para evitarlo no lograba frenar ese torrente de sentimientos, emociones y sensaciones que sin saberlo se transformaban en lágrimas de cocodrilo, como le decía justamente su tan querido abuelo.
Francisquito lo vio por última vez en su propia habitación desde adentro del ropero mientras su abuelo estaba a punto de abrirla, y él con un silencioso movimiento logró taparse con una vieja bufanda de lana que colgaba de una de las tantas perchas que sostenían sacos con aroma a naftalina. Lo salvó el sonido del timbre y se quedó quieto allí adentro por un largo rato hasta que no volvió a escuchar nada en la habitación. Como pudo y cuando pudo salió apresurado de allí sin que nadie logre descubrirlo.
Francisquito esa noche y los días que le sucedieron no volvió a ver a Don Francisco. Alfredo su padre, esperaba el momento preciso para poder explicarle a su pequeño hijito lo sucedido, de una manera que el niño logre entender todo sin salir lastimado. Y ese momento llegó cuando la familia estaba por sentarse a la mesa a cenar y a mirar la telenovela de la noche. Francisquito dejaba enfriar su milanesa con puré y tardaba en pedir a su madre que le llenara su vasito de Winnie Poh con su gaseosa preferida como de costumbre.
¿Y el abu cuándo viene pa? Tengo que mostrarle como aprendí a sacarme el dedo. Y haciendo un truco con ambas manos mostraba a sus padres que lo miraban asombrados como su pequeño hijo hacía a la perfección el truco que Alfredo jamás pudo aprender de su padre. Alfredo y su mujer se miraron, y con un gesto ella le cedió el lugar para que hable por primera vez con su hijo de hombre a hombre. El silencio le dio lugar a las miradas, y las desconcertadas miradas del matrimonio le dio lugar a la inocencia de un niño que supo cómo llenar ese silencio con palabras - ¿Vos lo podés hacer pa?- Pregunto Francisquito loco de alegría -El abu es un genio. Cuando venga le voy a pedir que me enseñe a mover las orejas- Y movía la cabeza tratando de que le salga ese movimiento tan gracioso que lo hacía reír tanto cada vez don Francisco se lo mostraba. Alfredo no sabía como comenzar a explicarle a su hijo la verdad sobre su tan querido abu.
-Hoy si vuelve yo le voy a…- Francisquito parecía comenzar a entender que algo no estaba bien. Supo leer a la perfección el cobarde silencio de sus padres. Alfredo no sabía por dónde comenzar, él no quería lastimar a su pequeño hijito, pero no encontraba la manera de encarar esa tan difícil situación. Respiró hondo y tomó coraje para comenzar a hablar - El abuelo no va a vivir más con nosotros... – Le dijo a su hijo con una voz que se iba quebrando en cada sílaba. La cara de Francisquito asustaba a un Alfredo que continuaba cruzando miradas con su mujer tratando de buscar las mejores palabras para que su hijo comprendiera la situación. - El abuelo se mudó.... es un lugar grande con jardín con muchas flores…- Al abu le gustan mucho los jazmines – Dijo inocentemente Francisquito- ¡Claro! Contestó Alfredo un poco más relajado al ver que su hijo estaba muy atento a lo que él le decía. Los padres del Francisquito trataban de llevar con mucha cautela la adulta charla que mantenían con su hijo prestando mucha atención a cada reacción de su pequeño y único hijo. -Noooo. ¡El Abu no se fue!- exclamó Francisquito con mucha seguridad -¡Si no se llevó la cama, ni la foto de la señora del cuadro!- Alfredo lo miró con cierta ternura, con cierto alivio. - ¡Y no! Porque dónde está tiene una cama nueva, mucho más cómoda- Francisquito parecía no estar convencido al escuchar la respuesta de sus padres y fruncía el ceño como si estuviera muy enojado con ellos. -Hijo, es hora de cómo padre te explique algunas cosas de la vida- Francisquito lo miraba extrañado, ya que su padre nunca le había hablado de esa forma. Muy atento decidió seguir escuchando sus palabras.
-Hijo cuando uno llega a cierta edad como la que tiene el abuelo, ya no puede vivir como cualquier otra persona normal, como mamá, como papá, o como vos. Él necesita otros cuidados, otras atenciones que nosotros no se la podemos dar. -¿Está enfermo?- Pregunto Francisquito -De alguna manera sí- agregó su padre mirando a su mujer. - Entonces tiene que estar en un lugar donde lo sepan cuidar, donde le den la comida que tiene que comer, donde le den todo lo que necesita… -Yo lo quiero, yo lo cuido- interrumpió el niño poco convencido -Sí hijo- Retomó Alfredo- Pero esto no es cuestión de amor. Tu madre y yo ya tenemos demasiado trabajo, y vos sos muy chiquito como para hacerte cargo de él. Pero no te preocupes que donde está ahora lo vamos a ir a visitar muy seguido, yo te lo prometo. Además, todos los abuelos van a ese lugar, es mejor para ellos - ¡Todos los abuelos!- exclamó Francisquito - Sí hijito, todos los abuelos- le contestó su padre aliviado al ver que el niño comenzaba a cambiar de actitud. Francisquito parecía haber entendido a la perfección que esto era lo mejor para Don Francisco, movía su cabeza acusando un gesto positivo -¿Y las abuelas también? -Agregó el niño - Las abuelas también- Contestó Alfredo sonriendo, mientras acariciaba el brazo su hijito - Bueno, si es mejor, es mejor- concluyó Francisquito convencido, mientras levantaba su vasito de Winnie Poh para que le sirvan un poco de gaseosa. Tomó en silencio y comió algunos bocados de milanesa. Luego de un instante miró tiernamente a sus padres y les dijo muy seguro de sí mismo:
- Yo cuando tenga un hijo y sea grande como ustedes, los voy a llevar a lo del abu, así pueden estar tan bien como él- Alfredo y su mujer no pudieron digerir las palabras de su pequeño hijito, y quedaron en silencio, viendo al niño mientras comía y tarareaba la melodía de una publicidad de yogur que pasaban por la tele.
Ellos le habían dado una lección de vida a su hijo la cual francisquito había sabido entender a la perfección. Ninguno de los dos supo cómo resolver esa difícil situación en la que se veían envuelto. La mujer de Alfredo se limitó a decirle a su marido que a una madre no se le podía hacer eso y siguió comiendo su milanesa casi sin preocupación. Alfredo al igual que con su padre no se animaba a mirar a su hijo a los ojos. Francisquito esta vez no pidió postre y se durmió en la silla mirando hacia la habitación de su abuelo.
lunes, 5 de octubre de 2009
Don Francisco
Don Francisco parado en puerta de su habitación mira por última vez los recuerdos, sus recuerdos. Mira por última vez aquellas descascaradas paredes que lo vieron crecer, aquellas paredes que solían ser motivo de curiosidad de su tan querido nieto - ¿Por qué están tan despintadas abu? A lo que siempre respondía con cierta nostalgia- Esas paredes alguna vez fueron muy felices, ahora están como yo, viejas, arrugadas. Pero ellas algún día van a volver a tener vida. Una nueva vida-
Con una lágrima que le recorría su mejilla recordaba la inocencia de ese encantador niño que cada tanto le preguntaba si era feliz. Imposible era para Don Francisco ser un hombre infeliz con un niño tan hermoso y tan dulce, y además, el único compañero de sus solitarias tardes. Hoy don Francisco deberá abandonar definitivamente esa casa, la casa dónde nació, la casa que lo hizo un hombre afortunado y desdichado a la vez, en fin. Ese pequeño lugar en el mundo es el que ocupó durante toda su vida, y era suyo. Casi ya sin fuerzas camina hacia la puerta con intenciones de salir de allí, pero no logra dar esos cuatro pasos que lo alejarían para siempre de esas cuatro paredes. Lentamente se acerca a la puerta, y con el picaporte en la mano se detiene dubitativo por un instante, como si esa duda le diera chances de quedarse dónde alguna vez soñó estar el día de su muerte. Sabe que tarde o temprano deberá abrir esa puerta, la puerta que lo conducirá indefectiblemente a la muerte. Mira hacia el placard y se dirige hacia allí como si se estuviese olvidando algo. Al pasar por al lado de la cama se deja caer abatido en ella, sin fuerzas de volver a abrir su ropero. Quizá porque ya nada tenía importancia en ese momento, ni siquiera su propia vida. La sonrisa de su nietito colgada en la pared lo desploma aún más. Esa era una hermosa foto, que había inmortalizado uno de sus mejores momentos de su vida. Esa era la única foto que don Francisco quería llevarse consigo y que le habían prohibido descolgarla de esas descascaradas paredes color café, pero ya no era dueño de nada. Su nuera se había encargado de sacarle todo; su habitación, su auto, su casa, la gran amistad con su propio hijo y su inseparable relación que mantenía con su queridísimo nieto. Don Francisco jamás pudo entender cómo una mujer pudo haberle hecho olvidar una persona los valores que hacían de Alfredo un hombre de bien, pese a que últimamente ya no se animase ni siquiera mirar a los ojos al hombre que le dio la vida y que tantas cosas le había enseñado.
En la vida las cosas siempre llegan y no se puede evitar, el tiempo imposible frenarlo, y don Francisco a su edad ya lo tenía más que sabido. Es por eso que no se hizo esperar cuando escuchó el sonido del timbre. Con un pequeño y gastado bolso salió de la habitación rumbo a lo que sería según él, la sala de espera de la muerte a la cual ya ha decidido no oponer resistencia alguna. Su nuera, delante de los enfermeros lo miraba simulando sentir ternura por ese viejo que según ella ya no servía para nada. Un viejo que sólo ocasionaba gastos y que desviaba la educación de su nieto hablándole difícil y poniendo en duda a cada rato lo que las jóvenes, inexperimentadas y mal pagas maestras le enseñaban a su hijo en el jardín de infantes. Don Francisco sólo trataba de dejarle algo a su nieto para que pudiera defenderse en la vida, quería dejarle algo mucho más valioso que esa casa que le estaban quitando. Pero ya nada tenía importancia, ya nada podía volver el tiempo atrás.
Abandonó su casa derramando una lágrima, quizá por no haber sabido reconocer a tiempo sus errores como padre, o como marido. O quizá también por haber confiado en que su único hijo jamás lo abandonaría. Quiso por un momento tratar de analizar todos los por qué que se le cruzaban por la cabeza. Pero ya era tarde, ya era hora de dejar su casa, era hora de esperar que la muerte lo venga a buscar a ese lugar dónde su nuera y su propio hijo le aseguraban que iba a estar mejor. Don Francisco no tuvo más remedio que rendirse a los pies de esta vida que no nos da ni un centímetro de ventaja para cambiar el rumbo de las cosas. Don Francisco dio por terminada su vida antes de llegar al final de esta difícil carrera.
Con una lágrima que le recorría su mejilla recordaba la inocencia de ese encantador niño que cada tanto le preguntaba si era feliz. Imposible era para Don Francisco ser un hombre infeliz con un niño tan hermoso y tan dulce, y además, el único compañero de sus solitarias tardes. Hoy don Francisco deberá abandonar definitivamente esa casa, la casa dónde nació, la casa que lo hizo un hombre afortunado y desdichado a la vez, en fin. Ese pequeño lugar en el mundo es el que ocupó durante toda su vida, y era suyo. Casi ya sin fuerzas camina hacia la puerta con intenciones de salir de allí, pero no logra dar esos cuatro pasos que lo alejarían para siempre de esas cuatro paredes. Lentamente se acerca a la puerta, y con el picaporte en la mano se detiene dubitativo por un instante, como si esa duda le diera chances de quedarse dónde alguna vez soñó estar el día de su muerte. Sabe que tarde o temprano deberá abrir esa puerta, la puerta que lo conducirá indefectiblemente a la muerte. Mira hacia el placard y se dirige hacia allí como si se estuviese olvidando algo. Al pasar por al lado de la cama se deja caer abatido en ella, sin fuerzas de volver a abrir su ropero. Quizá porque ya nada tenía importancia en ese momento, ni siquiera su propia vida. La sonrisa de su nietito colgada en la pared lo desploma aún más. Esa era una hermosa foto, que había inmortalizado uno de sus mejores momentos de su vida. Esa era la única foto que don Francisco quería llevarse consigo y que le habían prohibido descolgarla de esas descascaradas paredes color café, pero ya no era dueño de nada. Su nuera se había encargado de sacarle todo; su habitación, su auto, su casa, la gran amistad con su propio hijo y su inseparable relación que mantenía con su queridísimo nieto. Don Francisco jamás pudo entender cómo una mujer pudo haberle hecho olvidar una persona los valores que hacían de Alfredo un hombre de bien, pese a que últimamente ya no se animase ni siquiera mirar a los ojos al hombre que le dio la vida y que tantas cosas le había enseñado.
En la vida las cosas siempre llegan y no se puede evitar, el tiempo imposible frenarlo, y don Francisco a su edad ya lo tenía más que sabido. Es por eso que no se hizo esperar cuando escuchó el sonido del timbre. Con un pequeño y gastado bolso salió de la habitación rumbo a lo que sería según él, la sala de espera de la muerte a la cual ya ha decidido no oponer resistencia alguna. Su nuera, delante de los enfermeros lo miraba simulando sentir ternura por ese viejo que según ella ya no servía para nada. Un viejo que sólo ocasionaba gastos y que desviaba la educación de su nieto hablándole difícil y poniendo en duda a cada rato lo que las jóvenes, inexperimentadas y mal pagas maestras le enseñaban a su hijo en el jardín de infantes. Don Francisco sólo trataba de dejarle algo a su nieto para que pudiera defenderse en la vida, quería dejarle algo mucho más valioso que esa casa que le estaban quitando. Pero ya nada tenía importancia, ya nada podía volver el tiempo atrás.
Abandonó su casa derramando una lágrima, quizá por no haber sabido reconocer a tiempo sus errores como padre, o como marido. O quizá también por haber confiado en que su único hijo jamás lo abandonaría. Quiso por un momento tratar de analizar todos los por qué que se le cruzaban por la cabeza. Pero ya era tarde, ya era hora de dejar su casa, era hora de esperar que la muerte lo venga a buscar a ese lugar dónde su nuera y su propio hijo le aseguraban que iba a estar mejor. Don Francisco no tuvo más remedio que rendirse a los pies de esta vida que no nos da ni un centímetro de ventaja para cambiar el rumbo de las cosas. Don Francisco dio por terminada su vida antes de llegar al final de esta difícil carrera.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Una esperanza... quizá la última.
Sentado sobre un pequeño montículo de tierra, Antonio y su ilusión dejan que las horas de esta cálida tarde de este domingo de enero sigan su curso normal, sin pensar en nada, ni siquiera en el lunes que desde la mañana bien temprano lo espera con un día a puro trabajo. Nada lo motiva a cambiar de posición, nada lo saca de ese gran momento en donde uno suele hacer la nada misma y lo disfruta a pleno. No había para Antonio otra cosa mejor en este mundo que estar así y en ese lugar, para hablar consigo mismo, para pensar, para imaginar, para poder volar, y soñar con un futuro incierto al que ninguno de nosotros puede llegar acceder jamás.
Su ropa todavía tiene vestigios de cal, arena y cemento, y sus cabellos aún no han podido ver la luz del día. La gorra imitación a la del flaco Traverso parece estar encarnada en su cabeza y yace allí desde la primera hora de la mañana. Encima hoy, a Antonio le tocó terminar el revoque fino del techo de una de las últimas habitaciones del fondo. Y digo una de las últimas porque la obra ya está a punto de terminar. En este pueblo no suele haber mucho trabajo y cuando hay, no se puede desaprovechar esa oportunidad de poder hacer una pequeña diferencia. La casa de ese tal noséquién tiene que estar terminada en diez días, y todavía falta la pintura. La verdad es que no sé para qué tanto apuro en terminarla si la van a usar nada más que cuarenta y cinco días al año y si dios quiere. Por suerte hoy es domingo, y sólo se trabaja medio día, y lo bueno de esto es que se almuerza un poco mejor que durante los demás días de la semana. Los sandwichitos de mortadela, que para mí son sanguchitos, se toman el día para cederle el lugar a los choricitos, al vacío, a las costillitas, y demás derivados de la excelente carne argentina, en fin, lo que se dice un gran asado.
Antonio con sus dieciocho años recién cumplidos, ya está preparado para comprarle a Cacho Domínguez, un viejo amigo de su padre, el destartalado, despeinado y multicolor Fiat 600 que tiene tirado en el fondo de su casa desde hace varios años. Son sólo un par de pesos los que va a necesitar para llevárselo a su casa, y algún dinero más para poder ponerlo en marcha, al menos para que ese olvidado y abandonado motor pueda volver a arrancar. Los primeros ya los tiene, y los segundos son los que va a cobrar cuando termine la obra. O sea que se puede decir que Antonio ya tiene su tan ansiado primer auto.
Don Rafa es el padre de Antonio, y se lo ve bastante preocupado al saber que su hijo quiere y muere por comprarle la bolita mecánica a Cacho Domínguez, porque dice que hay que gastar mucho para que esa batatita funcione, tanto como para que la petisa, su dulce hermanita menor, pueda tener su propia piecita a continuación de la cocina, para que la familia pueda estar un poco más cómoda y no tan amontonados como lo estás en su humilde casita en el pequeño pero hermoso pueblo a orillas del Atlántico. Pero también sabe que Antonio se lo tiene bien ganado a ese dinero, y ha trabajado muy duro para poder tener su primer auto. Pero lo que Don Rafa no sabe, y creo que es lo más preocupante de todo esto, es que su hijo quiere prepararlo para competir en las picadas que se corren los sábados por la tarde detrás del bosque de eucaliptus muy cerca de la playa. Y para Antonio ese va a ser un secreto muy difícil de guardar. Pueblo chico, infierno grande, o mejor dicho, las viejas chusmas de pueblo suelen tener mucho tiempo libre como para saber cada paso que da cada uno de los habitantes de este lugar.
Antonio es un apasionado de los fierros, y eso lo sabe todo el mundo. Pero lo que muy pocos saben, es que él tiene ese no sé qué que hay que tener para ser un grande, para ser un verdadero campeón, un campeón como los que tiene pegado en la pared de su habitación, Traverso, Di Palma, Reuteman, hasta tiene una foto de su abuelo dándole la mano a Juan Manuel Fangio en la rambla de Mar del Plata. Y todos los que ven esa foto dicen que quizá de ahí heredó esa pasión por el automovilismo. Pero su abuelo no sabe ni siquiera andar en bicicleta pasó una tarde por ahí y flash se sacó esa foto de pura casualidad.
Su padre dice que el automovilismo es un deporte muy peligroso, y que además hay que tener mucha plata para poder llegar a algo. Antonio jamás quiso escuchar sus consejos, ya que para él todo es muy sencillo: Dice que sólo hay que mirar hacia adelante y asegurarse de que nadie pueda poner el trasero delante de sus ojos. Pero también sabe que sin una buena ayuda económica, ser primero en una competencia de ese estilo es un poco más complicado que con dinero, pero él no está dispuesto a darle la razón a su padre bajo ningún punto de vista.
En el TC 800 zonal, no hay buenos corredores, a todos les falta un poco más de viveza. Corajudos es lo que sobra, pero no alcanza con eso. Y Antonio tiene esa combinación de coraje y picardía, que le hizo ganar varias apuestas con sus amigos. Al volante ya realizó infinidades de pruebas, y algunas muy peligrosas, pero todas satisfactoriamente. Lo único que siempre le preocupo, es que las hace con los autos que le prestan de sus dos mejores amigos, el cuatro lata de Ernesto, y la citraca del Colorado Fernández. Y eso es lo que siempre lo frenó a ir un poco más allá, a salirse de los límites conocidos. Antonio esta muy cerca de su sueño, ahora le iba a llegar la oportunidad de tener su propio fierrito, y nada más ni nada menos que la bolita mecánica que le permitiría poder cumplir otro de sus grandes sueños, quizá la hazaña más grande y más difícil de su vida.
"Ana te quiero": Es lo que Antonio está leyendo desde ese pequeño montículo de tierra en dónde está sentado. Está escrito con un rojo gastado, como si lo hubiesen hecho con ladrillo y lavado por el agua de la lluvia. Pero igualmente se ve perfectamente desde la seca cuneta de enfrente. Antonio no puede sacar la mirada de esa pared de granitos oxidados en donde una noche de invierno, sin que nadie lo advierta pudo dejar grabado para siempre sus sentimientos. Antonio no puede dejar de pensar en ella. Para él Ana es más que un amor de verano, y para ella... ¿Quién puede llegar a saberlo? Eso es lo que mantiene a Antonio en ese estado mezcla de preocupación y esperanza. Ana vive en Buenos Aires, y su familia desde hace unos cuántos años, eligió este tranquilo lugar para tomarse veinte días de vacaciones en el mes de febrero. Quizá por su maravillosas y desoladas playas, quizá por la amabilidad de la gente, quizá por que no es necesario tener demasiada plata para venir hasta acá, o quizá porque esa casa es una herencia de familia... No lo sé con exactitud ni creo que haga falta averiguar el por qué.
Ana desde el primer día que llegó al pueblo, despertó la admiración de todos los muchachos, y más aún de Antonio, que fue el primero en tener la oportunidad de charlar con ella. Y eso le dio desde cierta ventaja ante los demás, ya que siempre era a él a quien ella saludaba primero.
Ana entró al almacén de doña Tita, casi a las once del mediodía de un martes nublado, estaba vestida con una pollerita a mitad de la rodilla, una musculosita multicolor que no podía pasar desapercibido ante la mirada de los habitantes de este humilde pueblo. De su cabeza colgaban también como veinte pequeñas trencitas que adornaban sus cabellos, y en los pies traía unas chancletas que parecían haberse olvidado los extraterrestres en una de sus tantas visitas a nuestro planeta. ¡Bicho raro!, aunque de bicho no tenía absolutamente nada. Pidió una cajita de fósforos, pagó y se fue con esa hermosa y tímida sonrisa. Antonio, con barro hasta las orejas, trató de desatarse el enorme nudo que se le hizo en la garganta mientras Tita completaba los ciento cincuenta gramos de queso de chancho que faltaban a su pedido. Ana, gracias al cielo, olvidó sus lentes de sol arriba del mostrador. Y así empezó todo.
Los primeros dos años fueron sólo de saludos y alguna que otra palabra cruzada, pero Antonio había estudiado cada movimiento de Ana como para que la famosa “¡Oh casualidad”, los cruzara a toda hora, y durante todo el día. En esa época Antonio sentía una especie de vergüenza cuando reconocía en su soledad que estaba enamorado de ella. Con Ana nunca se sabía, ella siempre trataba a todo el mundo de la misma manera. Su extravagante simpatía no se comparaba con las de las chicas del pueblo, y eso a ellas las llenaba envidia. Con cierta bronca solían decir que Ana era muy rápida, y que todos los pibes ya.... No vamos a entrar en detalle de lo que las mujeres de pueblo suelen pensar de otra que se lleva todas las miradas de los hombres, y más si ésta mujer es de Buenos Aires. Pero Ana era tan rápida que ninguno de los muchachos del pueblo había podido alcanzarla jamás. Ella es una chica muy natural, espontánea, muy adulta en sus pensamientos y sus palabras, muy femenina, y además poseía una belleza irresistible. Y más aún para los pibes del pueblo que pocas veces en el año tienen la posibilidad de ver a una mujer que no sea de la zona.
El tercer año fue muy especial para Antonio, todas las tardes se juntaban en la playa, hasta que caía la noche. La barra de chicos y chicas estaba más unida que nunca, quizá porque ya estaban todos un poco más grandecitos y se empezaban a compartir otras cosas. Antonio la acompañaba todas las tardecitas hasta la casa, ganándose de a poco el cariño de sus padres, que en más de una oportunidad lo invitaron a comer una picadita. Lo que hasta ese entones nadie había podido lograr.
Para el cuarto año, muchas de aquellas cosas habían cambiado. La gran barra del año anterior se había disuelto casi por completo. Algunos se habían ido a estudiar a diferentes lugares, otros, simplemente no podían pasarse toda la tarde en la playa porque ya tenían que trabajar. Marina y el flaco Chupete tuvieron que casarse de apuro, así que ya nada era como antes. Pero para Antonio ese cuarto año fue el mejor de todos los anteriores. Había trabajado muy duro en el taller de Pepe y se había decidido a seguir el secundario en la escuela nocturna. Había sido un año lleno de responsabilidades para él, lo que lo hacía merecedor de unas buenas vacaciones. Le pidió a Pepe por favor que le diera la primer quincena de febrero, para poder prepararse en dos supuestas materias que debía rendir en marzo sabiendo de antemano que Pepe cerraría el taller del diez hasta fin de mes, para irse a descansar a Corrientes, donde tenía más de la mitad de su familia. En fin, tuvo también a su disposición el segundo mes del año completo, y ya para ese entonces había podido comprarse su propia bicicleta.
Ana llegó un par de días más tarde de lo acostumbrado, y Antonio en todo ese tiempo, no dejó de vigilar los alrededores de la casa. Llegaron cerca de las nueve y media de la noche, y pese a eso se las rebuscó para pasar por ahí con una buena excusa por si las moscas. Vio desde lejos cuando bajaban del auto. Primero su padre, después su madre, su hermana mayor, un pibe al cual Antonio había visto jamás, y por último vio bajar del auto a Ana mas hermosa que nunca. Para sorpresa de Antonio, Ana y ese tal pibe desconocido entraron a la casa abrazados. El enorme cielo cubierto de estrellas de esa maravillosa noche de febrero aplastó a Antonio y su bicicleta nueva contra la arenilla de la poceada de una de las calles que rodeaba la casa. Sintió por momentos que ya nada tenía sentido en su vida, ni siquiera su sueño de ser un gran corredor de autos.
Jorgito, el cordobés, era un primo hermano de Ana. Un pibe excepcional, con un gran sentido del humor, como todo cordobés.
Se encontraron por casualidad a la mañana siguiente en el almacén de Tita, donde se habían visto por primera vez tres años atrás. Pero ese encuentro no fue de casualidad, ya que Antonio sabía que tarde o temprano algún miembro de la familia de Ana iba a tener que ir a comprar mercadería. Y lo de Tita era el único lugar en el pueblo donde se podía encontrar de todo. Como decía el flaco Chupete – Ésta vieja tiene desde papel higiénico hasta monturas de caballo- Y allí fue que se encontró con Ana y el cordobés. Por suerte supo enseguida que tipo de relación los unía. Esa noticia volvió a poner todo en su lugar y reanimó a Antonio para que de una vez por todas pueda decirle a Ana lo mucho que la ama.
Ese verano Ana y Antonio fueron inseparables. Se la pasaban juntos de la mañana a la noche. La última playa, antes de los acantilados era sólo para ellos. Había días que madrugaban para ir a juntar caracoles cuando la marea estaba baja. El gran problema era que Antonio no sabía como hacer para romper con esa maldita y hermosa amistad de adolescentes que los unía. Tenía mucho miedo de actuar en el momento equivocado, de quedar como un estúpido o como un degenerado. Pero los días pasaban rápido y esperar un año más sería una verdadera locura.
Faltando pocos días para que supuestamente Ana finalice su estadía en el pueblo, preparó todo para poder sacar a relucir todos sus sentimientos, y esa noche la invitó a los acantilados a ver la majestuosa e imponente luna llena que iluminaba el mar y le daba a la espuma de las olas un maravilloso tono plateado. Era la noche perfecta para echar todo a perder o para que ese momento se transforme en la noche que cambiaría su existencia para toda la vida.
Llevaron pan, queso, y algunos fiambres más, gaseosas en lata y Antonio sin que Ana se diera cuenta, puso una cerveza de litro oculta en el fondo de la heladerita. Prepararon todo como para que sea una noche de camping a la luz de la luna.
Hace unos cuántos meses atrás, Antonio había comprado un anillo de plata en Mendoza, cuando viajó con su tío Rodolfo a mitad de año, y esa noche la joya iba a llegar a destino. Todo estaba a favor de Antonio, la luna, el mar, las estrellas, la brisa y la dulzura de Ana que parecía estar entregada a lo que tenía que pasar.
Los nervios de Antonio no lo dejaban pensar, entonces decidió recurrir a su más preciado tesoro que lo ayudaría a vencer cualquier miedo que se le presentase. Metió la mano en lo más frío de la heladerita y sacó la botella de cerveza bien helada, una cerveza que estaba a punto y que combinaba perfectamente con la noche, con la luna, con el mar, y que era ideal para compartirla con la mujer más hermosa del universo, al menos, del universo de Antonio.
Él no era muy amante de la cerveza, pero necesitaba ese pequeño empuje que sólo le podía dar un poco de alcohol en su cuerpo. Los dos tomaron hasta la última gota y se lamentaron no haber traído más. Ana le agradeció por la bebida ya que ella solía tomar con sus amigas antes de ir a bailar a los grandes boliches de su ciudad y decía que era una de sus bebidas preferidas. Antonio no dejaba de pensar lo fácil que hubiese sido para él haber terminado esa noche con unas cuántas cervezas más encima. Pero igualmente el clima estaba más que perfecto. Después de la cena brindaron tímidamente con gaseosa, ambos sabía que algo más tenía que pasar.
El silencio de esa hermosa noche de luna llena los encontró recostados con cierta timidez sobre una pequeña mantita de toalla que evitaba que se les llene de arena la espalda. El ruido de las olas chocando sobre los acantilados los hacía disfrutar cada milésima de segundo de ese solemne paisaje.
Los minutos pasaban sin que ninguno de los dos dijera ni siquiera una palabra. Todo marcaba que ése era el momento indicado, y que en ese preciso instante iba a tener la oportunidad de alivianar su corazón, de liberar tanto amor, un amor inocente que no merecía estar marginado. Antonio era una bola de nervios y sentía que estaba inhabilitado para hacer y decir, y que no iba poder hablar comenzar a hablar. Ana haciéndole sentir a Antonio demasiada seguridad de sí misma parecía estar esperando el momento en que él le declare su amor. Entonces, impulsado inconciente e instintivamente le pidió a Ana que cerrara los ojos, y que no los abra hasta que le avise. Sacó el anillo que traía en su bolsillo, los tomó entre sus dedos y lo levantó hasta que el diámetro plateado coincida con el borde de la imponente luna llena. Los brillos se confundían, y una cierta magia los fue envolviendo de a poco. Ana jamás se imaginó que él iba a reaccionar de esa manera, y al ver el anillo quedó en silencio por un largo rato, lo suficiente como para que Antonio se sienta victorioso y derrotado a la vez, sin saber cuál debía ser su siguiente jugada. Tragó saliva y con la voz entrecortada por los nervios le dijo: - Es para vos – El mundo se detuvo en ese instante y el silencio absoluto se apoderó de la escena. Un silencio que se convirtió en lo peor y lo mejor de su vida. Luego de un instante, Ana le agradeció sorprendida ese hermoso obsequio y se probó el anillo de plata de Mendoza sin dejar que Antonio pueda ponérselo cual clásica escena de película romántica. Ella inocentemente comenzó a reír a carcajadas cuando vio que el anillo le bailaba en todos sus dedos. Hasta ese momento todo había sido más que perfecto para Antonio, menos la medida del anillo. Sintió con un dejo de angustia que su última jugada lo había obligado a retroceder diez casilleros y que nuevamente debía avanzar a contramano, en camino pedregoso en subida y con viento en contra. Ella espontánea e inocente como era su costumbre guardó el anillo en su monedero, y le prometió que lo llevaría a achicar en Buenos Aires para poder usarlo sin riesgos de que se le pierda. Otra vez Antonio debía ingeniárselas para poder crear un nuevo y mágico momento para terminar con todo de una buena vez. Se miraron a los ojos como con cierta incomodidad, creo que los dos sentían estar haciendo el ridículo, y sin siquiera planearlo, quedaron los dos mirando fijo a la luna. Ana sacó de su monedero el anillo y lo ubicó de la misma manera que Antonio lo había puesto segundos atrás, apuntando hacia esa majestuosa luna llena. Los brillos volvieron a fundirse, la magia volvió a apoderarse de la escena y Antonio pudo recuperar el coraje perdido. Sus cuerpos ya estaban demasiado juntos como para que la energía de sus pieles simule no sentir nada. Sus ojos no dejaban de estar conectados, sus alientos paseaban abrazados por el aire, y sus labios, iban camino a estrellarse para sellar con fuego su primer beso. Ambos cerraron los ojos como para dejarse llevar por sus impulsos. Sus cuerpos ya sentían la inminente fusión. Todo, absolutamente todo estaba dispuesto para comenzar a escribir una apasionada historia de amor.
Gritos de desesperación comenzaron a llegar desde la playa, muy cerca de los acantilados, muy cerca de ellos dos. Esos gritos cortaron la magia, esos gritos los trajo nuevamente a este lado del mundo, esos gritos los exaltó, los preocupo, en fin... Esos gritos lo arruinaron todo.
Bajaron con cierta precaución, para saber qué era lo que estaba sucediendo muy cerca del agua. La bicicleta de Martín estaba tirada muy cerca de la orilla, y los gritos ya no se oían. Caminaron cautelosamente por las rocas tratando de no resbalar, tomados del brazo conteniéndose mutuamente. De lejos se veía un cuerpo humano con muy poco movimiento tirado en el límite entre el agua y la arena. Ana no se despegaba de Antonio, su pálido rostro parecía el de una fotografía de los años veinte. Antonio reconoció a Martín por las zapatillas, lo que los aterrorizó aún más. De repente el cuerpo comenzó a moverse, parecía estar luchando con alguien por la manera en que se arrastraba sobre la arena. Un resplandor daba la sensación de que sobre el pecho de Martín había algún elemento cortante, era como una especie de cuchilla pero de tamaño exagerado. Antonio desesperado y corrió para ayudarlo. Cuando estaba a solo dos metros encontró a su amigo riendo a carcajadas, abrazado a una corvina excesivamente grande que luchaba por volver al mar. En ese momento tuvo ganas de llenarle la cara de dedos por el susto que esto les había causado, pero más aún por haberle arruinado el momento más feliz de su vida. Igualmente esa corvina era una verdadera causa para justificar los gritos de Martín, que habían sido de alegría, de felicidad, que habían causado una emoción muy grande en él, que era un verdadero trofeo para un fanático e incansable pescador. Terminaron los tres en la playa, comiendo y tomando lo que había quedado de aquella cita de amor, planeando donde y cuando iban a cocinar aquel verdadero trofeo. Esa noche fue muy especial, pero pudo haber sido una gran noche, la mejor de su vida, de una vida que no nos suele dar tantas oportunidades como estas para disfrutar de esos momentos realmente felices que nos marcan para siempre.
La última semana llegó la hermana del cordobés, y a pesar de los esfuerzos que hizo el Colorado para apartarla de Ana, e invitarla a ver el amanecer dentro de su citroneta súper sport, Marisa y su prima disfrutaron a pleno su reencuentro. La sangre pudo más, o quizá Ana sintió miedo, o se arrepintió de aquel momento, o... No lo sé. Y para peor, el negro José Luís, siempre decía estar enamorado de Ana le regaló una cadenita de oro, y ella la aceptó.
A los pocos días las vacaciones de Ana se habían terminado y tuvo que volver a Buenos Aires, la despedida fue solo un tímido abrazo, y ninguno se animó a decir nada sobre aquella increíble noche.
"Ana te quiero", era lo que decía una de las paredes de la casa, Antonio había sido el responsable. Lo escribió con la mano izquierda por las dudas que alguien reconociera su letra, y no lo hizo por miedo a que todo el mundo se entere el amor que sentía por Ana, sino por el miedo a fracasar, o a rebotar, como se decía en el pueblo.
Hoy falta muy poco para todo. Otra vez Antonio vuelve a tomarse el mes de febrero completo, por más de que las cosas no estén tan bien económicamente en su casa. Después de terminar la obra se pondrá a trabajar en el auto, porque quiere dejarlo a punto para cuando llegue Ana, quiere demostrarle que él no es un simple peón de obras o un ayudante de mecánico barato. El necesita convencerla de que va a ser un grande, un campeón con todas las letras. Siempre y cuando Ana y su familia decidan volver de vacaciones al pueblo, o que esta vez, si llega abrazada de algún muchacho no sea de su primo el cordobés. Eso es algo que viene dando vueltas desde hace tiempo en su cabeza, y no puede dejar de pensar. Antonio tiene miedo de haberla perdido para siempre, Antonio tiene miedo de que Ana no vuelva nunca más. Antonio está aterrado, ya que en un año en esta vida suelen pasar muchas cosas, y más en una edad dónde se experimentan muchos cambios en tan poco tiempo. Y como nunca nada nos sale como lo imaginamos, Antonio prefiere dejar que las horas pasen, que la tarde se vuelva noche, y la noche se transforme en día. Sólo por eso es que prefiere recordar y volver a disfrutar aquel momento, aquella noche de luna llena, y esa pared que es lo único que tiene. En aquella pared está su única verdad, y Antonio sólo espera tener a Ana delante suyo para decirle cuánto la ama... Antonio, sentado sobre aquel pequeño montículo de tierra sólo espera, solo espera.
Su ropa todavía tiene vestigios de cal, arena y cemento, y sus cabellos aún no han podido ver la luz del día. La gorra imitación a la del flaco Traverso parece estar encarnada en su cabeza y yace allí desde la primera hora de la mañana. Encima hoy, a Antonio le tocó terminar el revoque fino del techo de una de las últimas habitaciones del fondo. Y digo una de las últimas porque la obra ya está a punto de terminar. En este pueblo no suele haber mucho trabajo y cuando hay, no se puede desaprovechar esa oportunidad de poder hacer una pequeña diferencia. La casa de ese tal noséquién tiene que estar terminada en diez días, y todavía falta la pintura. La verdad es que no sé para qué tanto apuro en terminarla si la van a usar nada más que cuarenta y cinco días al año y si dios quiere. Por suerte hoy es domingo, y sólo se trabaja medio día, y lo bueno de esto es que se almuerza un poco mejor que durante los demás días de la semana. Los sandwichitos de mortadela, que para mí son sanguchitos, se toman el día para cederle el lugar a los choricitos, al vacío, a las costillitas, y demás derivados de la excelente carne argentina, en fin, lo que se dice un gran asado.
Antonio con sus dieciocho años recién cumplidos, ya está preparado para comprarle a Cacho Domínguez, un viejo amigo de su padre, el destartalado, despeinado y multicolor Fiat 600 que tiene tirado en el fondo de su casa desde hace varios años. Son sólo un par de pesos los que va a necesitar para llevárselo a su casa, y algún dinero más para poder ponerlo en marcha, al menos para que ese olvidado y abandonado motor pueda volver a arrancar. Los primeros ya los tiene, y los segundos son los que va a cobrar cuando termine la obra. O sea que se puede decir que Antonio ya tiene su tan ansiado primer auto.
Don Rafa es el padre de Antonio, y se lo ve bastante preocupado al saber que su hijo quiere y muere por comprarle la bolita mecánica a Cacho Domínguez, porque dice que hay que gastar mucho para que esa batatita funcione, tanto como para que la petisa, su dulce hermanita menor, pueda tener su propia piecita a continuación de la cocina, para que la familia pueda estar un poco más cómoda y no tan amontonados como lo estás en su humilde casita en el pequeño pero hermoso pueblo a orillas del Atlántico. Pero también sabe que Antonio se lo tiene bien ganado a ese dinero, y ha trabajado muy duro para poder tener su primer auto. Pero lo que Don Rafa no sabe, y creo que es lo más preocupante de todo esto, es que su hijo quiere prepararlo para competir en las picadas que se corren los sábados por la tarde detrás del bosque de eucaliptus muy cerca de la playa. Y para Antonio ese va a ser un secreto muy difícil de guardar. Pueblo chico, infierno grande, o mejor dicho, las viejas chusmas de pueblo suelen tener mucho tiempo libre como para saber cada paso que da cada uno de los habitantes de este lugar.
Antonio es un apasionado de los fierros, y eso lo sabe todo el mundo. Pero lo que muy pocos saben, es que él tiene ese no sé qué que hay que tener para ser un grande, para ser un verdadero campeón, un campeón como los que tiene pegado en la pared de su habitación, Traverso, Di Palma, Reuteman, hasta tiene una foto de su abuelo dándole la mano a Juan Manuel Fangio en la rambla de Mar del Plata. Y todos los que ven esa foto dicen que quizá de ahí heredó esa pasión por el automovilismo. Pero su abuelo no sabe ni siquiera andar en bicicleta pasó una tarde por ahí y flash se sacó esa foto de pura casualidad.
Su padre dice que el automovilismo es un deporte muy peligroso, y que además hay que tener mucha plata para poder llegar a algo. Antonio jamás quiso escuchar sus consejos, ya que para él todo es muy sencillo: Dice que sólo hay que mirar hacia adelante y asegurarse de que nadie pueda poner el trasero delante de sus ojos. Pero también sabe que sin una buena ayuda económica, ser primero en una competencia de ese estilo es un poco más complicado que con dinero, pero él no está dispuesto a darle la razón a su padre bajo ningún punto de vista.
En el TC 800 zonal, no hay buenos corredores, a todos les falta un poco más de viveza. Corajudos es lo que sobra, pero no alcanza con eso. Y Antonio tiene esa combinación de coraje y picardía, que le hizo ganar varias apuestas con sus amigos. Al volante ya realizó infinidades de pruebas, y algunas muy peligrosas, pero todas satisfactoriamente. Lo único que siempre le preocupo, es que las hace con los autos que le prestan de sus dos mejores amigos, el cuatro lata de Ernesto, y la citraca del Colorado Fernández. Y eso es lo que siempre lo frenó a ir un poco más allá, a salirse de los límites conocidos. Antonio esta muy cerca de su sueño, ahora le iba a llegar la oportunidad de tener su propio fierrito, y nada más ni nada menos que la bolita mecánica que le permitiría poder cumplir otro de sus grandes sueños, quizá la hazaña más grande y más difícil de su vida.
"Ana te quiero": Es lo que Antonio está leyendo desde ese pequeño montículo de tierra en dónde está sentado. Está escrito con un rojo gastado, como si lo hubiesen hecho con ladrillo y lavado por el agua de la lluvia. Pero igualmente se ve perfectamente desde la seca cuneta de enfrente. Antonio no puede sacar la mirada de esa pared de granitos oxidados en donde una noche de invierno, sin que nadie lo advierta pudo dejar grabado para siempre sus sentimientos. Antonio no puede dejar de pensar en ella. Para él Ana es más que un amor de verano, y para ella... ¿Quién puede llegar a saberlo? Eso es lo que mantiene a Antonio en ese estado mezcla de preocupación y esperanza. Ana vive en Buenos Aires, y su familia desde hace unos cuántos años, eligió este tranquilo lugar para tomarse veinte días de vacaciones en el mes de febrero. Quizá por su maravillosas y desoladas playas, quizá por la amabilidad de la gente, quizá por que no es necesario tener demasiada plata para venir hasta acá, o quizá porque esa casa es una herencia de familia... No lo sé con exactitud ni creo que haga falta averiguar el por qué.
Ana desde el primer día que llegó al pueblo, despertó la admiración de todos los muchachos, y más aún de Antonio, que fue el primero en tener la oportunidad de charlar con ella. Y eso le dio desde cierta ventaja ante los demás, ya que siempre era a él a quien ella saludaba primero.
Ana entró al almacén de doña Tita, casi a las once del mediodía de un martes nublado, estaba vestida con una pollerita a mitad de la rodilla, una musculosita multicolor que no podía pasar desapercibido ante la mirada de los habitantes de este humilde pueblo. De su cabeza colgaban también como veinte pequeñas trencitas que adornaban sus cabellos, y en los pies traía unas chancletas que parecían haberse olvidado los extraterrestres en una de sus tantas visitas a nuestro planeta. ¡Bicho raro!, aunque de bicho no tenía absolutamente nada. Pidió una cajita de fósforos, pagó y se fue con esa hermosa y tímida sonrisa. Antonio, con barro hasta las orejas, trató de desatarse el enorme nudo que se le hizo en la garganta mientras Tita completaba los ciento cincuenta gramos de queso de chancho que faltaban a su pedido. Ana, gracias al cielo, olvidó sus lentes de sol arriba del mostrador. Y así empezó todo.
Los primeros dos años fueron sólo de saludos y alguna que otra palabra cruzada, pero Antonio había estudiado cada movimiento de Ana como para que la famosa “¡Oh casualidad”, los cruzara a toda hora, y durante todo el día. En esa época Antonio sentía una especie de vergüenza cuando reconocía en su soledad que estaba enamorado de ella. Con Ana nunca se sabía, ella siempre trataba a todo el mundo de la misma manera. Su extravagante simpatía no se comparaba con las de las chicas del pueblo, y eso a ellas las llenaba envidia. Con cierta bronca solían decir que Ana era muy rápida, y que todos los pibes ya.... No vamos a entrar en detalle de lo que las mujeres de pueblo suelen pensar de otra que se lleva todas las miradas de los hombres, y más si ésta mujer es de Buenos Aires. Pero Ana era tan rápida que ninguno de los muchachos del pueblo había podido alcanzarla jamás. Ella es una chica muy natural, espontánea, muy adulta en sus pensamientos y sus palabras, muy femenina, y además poseía una belleza irresistible. Y más aún para los pibes del pueblo que pocas veces en el año tienen la posibilidad de ver a una mujer que no sea de la zona.
El tercer año fue muy especial para Antonio, todas las tardes se juntaban en la playa, hasta que caía la noche. La barra de chicos y chicas estaba más unida que nunca, quizá porque ya estaban todos un poco más grandecitos y se empezaban a compartir otras cosas. Antonio la acompañaba todas las tardecitas hasta la casa, ganándose de a poco el cariño de sus padres, que en más de una oportunidad lo invitaron a comer una picadita. Lo que hasta ese entones nadie había podido lograr.
Para el cuarto año, muchas de aquellas cosas habían cambiado. La gran barra del año anterior se había disuelto casi por completo. Algunos se habían ido a estudiar a diferentes lugares, otros, simplemente no podían pasarse toda la tarde en la playa porque ya tenían que trabajar. Marina y el flaco Chupete tuvieron que casarse de apuro, así que ya nada era como antes. Pero para Antonio ese cuarto año fue el mejor de todos los anteriores. Había trabajado muy duro en el taller de Pepe y se había decidido a seguir el secundario en la escuela nocturna. Había sido un año lleno de responsabilidades para él, lo que lo hacía merecedor de unas buenas vacaciones. Le pidió a Pepe por favor que le diera la primer quincena de febrero, para poder prepararse en dos supuestas materias que debía rendir en marzo sabiendo de antemano que Pepe cerraría el taller del diez hasta fin de mes, para irse a descansar a Corrientes, donde tenía más de la mitad de su familia. En fin, tuvo también a su disposición el segundo mes del año completo, y ya para ese entonces había podido comprarse su propia bicicleta.
Ana llegó un par de días más tarde de lo acostumbrado, y Antonio en todo ese tiempo, no dejó de vigilar los alrededores de la casa. Llegaron cerca de las nueve y media de la noche, y pese a eso se las rebuscó para pasar por ahí con una buena excusa por si las moscas. Vio desde lejos cuando bajaban del auto. Primero su padre, después su madre, su hermana mayor, un pibe al cual Antonio había visto jamás, y por último vio bajar del auto a Ana mas hermosa que nunca. Para sorpresa de Antonio, Ana y ese tal pibe desconocido entraron a la casa abrazados. El enorme cielo cubierto de estrellas de esa maravillosa noche de febrero aplastó a Antonio y su bicicleta nueva contra la arenilla de la poceada de una de las calles que rodeaba la casa. Sintió por momentos que ya nada tenía sentido en su vida, ni siquiera su sueño de ser un gran corredor de autos.
Jorgito, el cordobés, era un primo hermano de Ana. Un pibe excepcional, con un gran sentido del humor, como todo cordobés.
Se encontraron por casualidad a la mañana siguiente en el almacén de Tita, donde se habían visto por primera vez tres años atrás. Pero ese encuentro no fue de casualidad, ya que Antonio sabía que tarde o temprano algún miembro de la familia de Ana iba a tener que ir a comprar mercadería. Y lo de Tita era el único lugar en el pueblo donde se podía encontrar de todo. Como decía el flaco Chupete – Ésta vieja tiene desde papel higiénico hasta monturas de caballo- Y allí fue que se encontró con Ana y el cordobés. Por suerte supo enseguida que tipo de relación los unía. Esa noticia volvió a poner todo en su lugar y reanimó a Antonio para que de una vez por todas pueda decirle a Ana lo mucho que la ama.
Ese verano Ana y Antonio fueron inseparables. Se la pasaban juntos de la mañana a la noche. La última playa, antes de los acantilados era sólo para ellos. Había días que madrugaban para ir a juntar caracoles cuando la marea estaba baja. El gran problema era que Antonio no sabía como hacer para romper con esa maldita y hermosa amistad de adolescentes que los unía. Tenía mucho miedo de actuar en el momento equivocado, de quedar como un estúpido o como un degenerado. Pero los días pasaban rápido y esperar un año más sería una verdadera locura.
Faltando pocos días para que supuestamente Ana finalice su estadía en el pueblo, preparó todo para poder sacar a relucir todos sus sentimientos, y esa noche la invitó a los acantilados a ver la majestuosa e imponente luna llena que iluminaba el mar y le daba a la espuma de las olas un maravilloso tono plateado. Era la noche perfecta para echar todo a perder o para que ese momento se transforme en la noche que cambiaría su existencia para toda la vida.
Llevaron pan, queso, y algunos fiambres más, gaseosas en lata y Antonio sin que Ana se diera cuenta, puso una cerveza de litro oculta en el fondo de la heladerita. Prepararon todo como para que sea una noche de camping a la luz de la luna.
Hace unos cuántos meses atrás, Antonio había comprado un anillo de plata en Mendoza, cuando viajó con su tío Rodolfo a mitad de año, y esa noche la joya iba a llegar a destino. Todo estaba a favor de Antonio, la luna, el mar, las estrellas, la brisa y la dulzura de Ana que parecía estar entregada a lo que tenía que pasar.
Los nervios de Antonio no lo dejaban pensar, entonces decidió recurrir a su más preciado tesoro que lo ayudaría a vencer cualquier miedo que se le presentase. Metió la mano en lo más frío de la heladerita y sacó la botella de cerveza bien helada, una cerveza que estaba a punto y que combinaba perfectamente con la noche, con la luna, con el mar, y que era ideal para compartirla con la mujer más hermosa del universo, al menos, del universo de Antonio.
Él no era muy amante de la cerveza, pero necesitaba ese pequeño empuje que sólo le podía dar un poco de alcohol en su cuerpo. Los dos tomaron hasta la última gota y se lamentaron no haber traído más. Ana le agradeció por la bebida ya que ella solía tomar con sus amigas antes de ir a bailar a los grandes boliches de su ciudad y decía que era una de sus bebidas preferidas. Antonio no dejaba de pensar lo fácil que hubiese sido para él haber terminado esa noche con unas cuántas cervezas más encima. Pero igualmente el clima estaba más que perfecto. Después de la cena brindaron tímidamente con gaseosa, ambos sabía que algo más tenía que pasar.
El silencio de esa hermosa noche de luna llena los encontró recostados con cierta timidez sobre una pequeña mantita de toalla que evitaba que se les llene de arena la espalda. El ruido de las olas chocando sobre los acantilados los hacía disfrutar cada milésima de segundo de ese solemne paisaje.
Los minutos pasaban sin que ninguno de los dos dijera ni siquiera una palabra. Todo marcaba que ése era el momento indicado, y que en ese preciso instante iba a tener la oportunidad de alivianar su corazón, de liberar tanto amor, un amor inocente que no merecía estar marginado. Antonio era una bola de nervios y sentía que estaba inhabilitado para hacer y decir, y que no iba poder hablar comenzar a hablar. Ana haciéndole sentir a Antonio demasiada seguridad de sí misma parecía estar esperando el momento en que él le declare su amor. Entonces, impulsado inconciente e instintivamente le pidió a Ana que cerrara los ojos, y que no los abra hasta que le avise. Sacó el anillo que traía en su bolsillo, los tomó entre sus dedos y lo levantó hasta que el diámetro plateado coincida con el borde de la imponente luna llena. Los brillos se confundían, y una cierta magia los fue envolviendo de a poco. Ana jamás se imaginó que él iba a reaccionar de esa manera, y al ver el anillo quedó en silencio por un largo rato, lo suficiente como para que Antonio se sienta victorioso y derrotado a la vez, sin saber cuál debía ser su siguiente jugada. Tragó saliva y con la voz entrecortada por los nervios le dijo: - Es para vos – El mundo se detuvo en ese instante y el silencio absoluto se apoderó de la escena. Un silencio que se convirtió en lo peor y lo mejor de su vida. Luego de un instante, Ana le agradeció sorprendida ese hermoso obsequio y se probó el anillo de plata de Mendoza sin dejar que Antonio pueda ponérselo cual clásica escena de película romántica. Ella inocentemente comenzó a reír a carcajadas cuando vio que el anillo le bailaba en todos sus dedos. Hasta ese momento todo había sido más que perfecto para Antonio, menos la medida del anillo. Sintió con un dejo de angustia que su última jugada lo había obligado a retroceder diez casilleros y que nuevamente debía avanzar a contramano, en camino pedregoso en subida y con viento en contra. Ella espontánea e inocente como era su costumbre guardó el anillo en su monedero, y le prometió que lo llevaría a achicar en Buenos Aires para poder usarlo sin riesgos de que se le pierda. Otra vez Antonio debía ingeniárselas para poder crear un nuevo y mágico momento para terminar con todo de una buena vez. Se miraron a los ojos como con cierta incomodidad, creo que los dos sentían estar haciendo el ridículo, y sin siquiera planearlo, quedaron los dos mirando fijo a la luna. Ana sacó de su monedero el anillo y lo ubicó de la misma manera que Antonio lo había puesto segundos atrás, apuntando hacia esa majestuosa luna llena. Los brillos volvieron a fundirse, la magia volvió a apoderarse de la escena y Antonio pudo recuperar el coraje perdido. Sus cuerpos ya estaban demasiado juntos como para que la energía de sus pieles simule no sentir nada. Sus ojos no dejaban de estar conectados, sus alientos paseaban abrazados por el aire, y sus labios, iban camino a estrellarse para sellar con fuego su primer beso. Ambos cerraron los ojos como para dejarse llevar por sus impulsos. Sus cuerpos ya sentían la inminente fusión. Todo, absolutamente todo estaba dispuesto para comenzar a escribir una apasionada historia de amor.
Gritos de desesperación comenzaron a llegar desde la playa, muy cerca de los acantilados, muy cerca de ellos dos. Esos gritos cortaron la magia, esos gritos los trajo nuevamente a este lado del mundo, esos gritos los exaltó, los preocupo, en fin... Esos gritos lo arruinaron todo.
Bajaron con cierta precaución, para saber qué era lo que estaba sucediendo muy cerca del agua. La bicicleta de Martín estaba tirada muy cerca de la orilla, y los gritos ya no se oían. Caminaron cautelosamente por las rocas tratando de no resbalar, tomados del brazo conteniéndose mutuamente. De lejos se veía un cuerpo humano con muy poco movimiento tirado en el límite entre el agua y la arena. Ana no se despegaba de Antonio, su pálido rostro parecía el de una fotografía de los años veinte. Antonio reconoció a Martín por las zapatillas, lo que los aterrorizó aún más. De repente el cuerpo comenzó a moverse, parecía estar luchando con alguien por la manera en que se arrastraba sobre la arena. Un resplandor daba la sensación de que sobre el pecho de Martín había algún elemento cortante, era como una especie de cuchilla pero de tamaño exagerado. Antonio desesperado y corrió para ayudarlo. Cuando estaba a solo dos metros encontró a su amigo riendo a carcajadas, abrazado a una corvina excesivamente grande que luchaba por volver al mar. En ese momento tuvo ganas de llenarle la cara de dedos por el susto que esto les había causado, pero más aún por haberle arruinado el momento más feliz de su vida. Igualmente esa corvina era una verdadera causa para justificar los gritos de Martín, que habían sido de alegría, de felicidad, que habían causado una emoción muy grande en él, que era un verdadero trofeo para un fanático e incansable pescador. Terminaron los tres en la playa, comiendo y tomando lo que había quedado de aquella cita de amor, planeando donde y cuando iban a cocinar aquel verdadero trofeo. Esa noche fue muy especial, pero pudo haber sido una gran noche, la mejor de su vida, de una vida que no nos suele dar tantas oportunidades como estas para disfrutar de esos momentos realmente felices que nos marcan para siempre.
La última semana llegó la hermana del cordobés, y a pesar de los esfuerzos que hizo el Colorado para apartarla de Ana, e invitarla a ver el amanecer dentro de su citroneta súper sport, Marisa y su prima disfrutaron a pleno su reencuentro. La sangre pudo más, o quizá Ana sintió miedo, o se arrepintió de aquel momento, o... No lo sé. Y para peor, el negro José Luís, siempre decía estar enamorado de Ana le regaló una cadenita de oro, y ella la aceptó.
A los pocos días las vacaciones de Ana se habían terminado y tuvo que volver a Buenos Aires, la despedida fue solo un tímido abrazo, y ninguno se animó a decir nada sobre aquella increíble noche.
"Ana te quiero", era lo que decía una de las paredes de la casa, Antonio había sido el responsable. Lo escribió con la mano izquierda por las dudas que alguien reconociera su letra, y no lo hizo por miedo a que todo el mundo se entere el amor que sentía por Ana, sino por el miedo a fracasar, o a rebotar, como se decía en el pueblo.
Hoy falta muy poco para todo. Otra vez Antonio vuelve a tomarse el mes de febrero completo, por más de que las cosas no estén tan bien económicamente en su casa. Después de terminar la obra se pondrá a trabajar en el auto, porque quiere dejarlo a punto para cuando llegue Ana, quiere demostrarle que él no es un simple peón de obras o un ayudante de mecánico barato. El necesita convencerla de que va a ser un grande, un campeón con todas las letras. Siempre y cuando Ana y su familia decidan volver de vacaciones al pueblo, o que esta vez, si llega abrazada de algún muchacho no sea de su primo el cordobés. Eso es algo que viene dando vueltas desde hace tiempo en su cabeza, y no puede dejar de pensar. Antonio tiene miedo de haberla perdido para siempre, Antonio tiene miedo de que Ana no vuelva nunca más. Antonio está aterrado, ya que en un año en esta vida suelen pasar muchas cosas, y más en una edad dónde se experimentan muchos cambios en tan poco tiempo. Y como nunca nada nos sale como lo imaginamos, Antonio prefiere dejar que las horas pasen, que la tarde se vuelva noche, y la noche se transforme en día. Sólo por eso es que prefiere recordar y volver a disfrutar aquel momento, aquella noche de luna llena, y esa pared que es lo único que tiene. En aquella pared está su única verdad, y Antonio sólo espera tener a Ana delante suyo para decirle cuánto la ama... Antonio, sentado sobre aquel pequeño montículo de tierra sólo espera, solo espera.
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